La investigación en los protocolos notariales te deja entrever de ciento en ciento particularidades de su autor, el escribano, bien en forma de artísticas cabeceras para las escrituras (con preciosistas cenefas, animales, etc. dibujados a pluma), bien con composiciones manuscritas inéditas como poemas, bien otras rarezas de las que daremos cuenta otro día más detallamente. Una de estas sorpresas me ha surgido esta semana cuando revisando los protocolos de Francisco de Aguayo, escribano real en Burgos en las últimas décadas del siglo XVII, en concreto, el concerniente a las escrituras otorgadas en 1684, se ha desencajado la encuadernación de pergamino al abrirlo (ya estaba así, no me maten, lectores) revelando un inocente secreto escondido hace siglos: cinco plumas para escribir usadas y en un excelente estado de conservación empleadas para reforzar el lomo de la encuadernación y ocultas al coser las cubiertas de pergamino al cuerpo central del protocolo. Seguramente nos encontramos ante las plumas empleadas por el propio Francisco Aguayo para escribir estas escrituras. Más allá del posible sentido utilitario de este hecho (reforzar la encuadernación) se abren una variada gama de interpretaciones acerca del sentir interior de este escribano y de las razones por las que guardó el útil más cercano a su oficio: en mi opinión podemos ver en esta circunstancia cierto sentido fetichista o de homenaje hacia al oficio con el que se gana la vida. Cuanto menos, me he pegado el gustazo de recrear la sensación de emplear una pluma y de sentirme un escribano (bastante diferente al homogeneizarse desde el XIX nuestros instrumentos de escritura al lápiz y el bolígrafo).
Experiencias y noticias en la investigación de la Historia del Libro
martes, 17 de junio de 2014
jueves, 22 de mayo de 2014
"Haber sido dicho fuego muy fuerte y voraz". Un desconocido incendio en el Real Convento de San Felices (1698)
Desde mi personal experiencia, los fondos de protocolos notariales son, quizá, frente a otros archivos como los parroquiales o estatales (con unos contenidos de carácter más lineal y predecible), una fuente constante de sorpresas en forma de testimonios inéditos que rompen con la monotonía burocrática que, en esencia, caracteriza este tipo de fuentes; una serie de documentos que alegran la jornada al investigador y le retiran cuanto menos momentáneamente del estrés y del aburrimiento. Si bien el grueso de los protocolos son una continuada serie de trasmisiones de bienes (bien por arriendo, bien por venta), testamentos y poderes, por citar el tipo de documentos más frecuentes, el carácter legalista de los documentos queda desdibujado cuando asoma el lado humano de sus productores, bien por peticiones, explicaciones de sus actos o protestas. En otras ocasiones, los escribanos, al compaginar su trabajo propiamente notarial con su empleo en órganos municipales o de la administración estatal, entre sus protocolos aparecen insertos otro tipo de relatos totalmente diferentes (pesquisas por robos o asesinatos, pleitos, documentos de rentas, etc). El siguiente documento estudiado es un claro ejemplo de esta imprevista variedad en estos archivos.
En septiembre de 1698 un repentino y feroz incendio se declaró en el convento de las monjas calatravas de San Felices, sito en el barrio de la Vega, asomado a la actual calle Madrid, y, en la actualidad, desaparecido bajo la piqueta del progreso urbanístico. La magnitud de los daños y la administración real que pesaba sobre los maestrazgos de la Orden de Calatrava (recordar que este convento se intitulaba "Real") motivó el interés de la corte madrileña y, en especial, del secretario del Consejo de Ordenes, moviendo al entonces corregidor de Burgos, el I Conde de Santa Cruz de los Manueles, a elaborar un informe valorando los daños y el coste económico de su reconstrucción. Una crónica de la Orden, publicada en Madrid, en 1748, recuerda favorablemente el papel de Carlos II como sexto administrador de la Orden de Calatrava, función desempeñada por los monarcas españoles desde que Carlos I asumiera en 1523 su importante control económico y político (2). Para el autor de dicha relación histórica, Carlos II, pese a tener un "reinado con bastantes turbaciones, que agitaron el reino, y labraron su espíritu", supo desempeñarse bastante bien como administrador pues "celoso en la Religión, constante en la piedad, y amante de la justicia" la gobernó con "la mayor escrupulosidad". Entre sus medidas se cuentan la confirmación del fuero de los caballeros y su mediación en los conflictos jurisdiccionales con otras entidades eclesiásticas.
Este documento, aparte de interesar para el análisis de las estrechas relaciones de patronazgo entre la monarquía y las ordenes militares o la reacción de las autoridades ante un gran incendio, nos permite dar a conocer un hecho que ha permanecido inédito en la historia de este convento, cuya trayectoria nos es hoy casi desconocida sin ningún estudio monográfico salvo el ya añejo artículo del prolífico erudito Luciano Huidobro Serna publicado en 1943 (3). Refiere este autor que esta fundación monástica, que ostenta el honor de ser el primer monasterio de monjas calatravas de esta Orden, conoció a principios del siglo XIII una primera ubicación en las tierras de Villadiego, en concreto, en Los Barrios de San Felices de Amaya. En las décadas finales del siglo XVI fue trasladado a Burgos hasta establecerse definitivamente en el barrio de la Vega donde permaneció con una existencia discreta hasta las primeras décadas del siglo XX cuando fue derruido debido a "las exigencias de la urbanización y necesidades de viviendas nuevas impuestas por el gran desarrollo que las vías de comunicación han proporcionado a esta capital". Dicho artículo proporciona asimismo dos fotografías del "Photo Club" de la fachada y del interior del templo del convento. Podemos apreciar, sobre todo, por la fachada el aura de recogimiento y sencillez de esta clausura que se trasladaba a sus elementos arquitectónicos.
El 20 de septiembre, una carta escrita por D. Juan del Corral, secretario del Consejo de Ordenes, instaba al corregidor de Burgos, Francisco Manuel y Mesía, conde de Santa Cruz de los Manueles, a "saber con toda distinción, que daño causó el incendio que hubo la noche del día nueve de este mes en el convento de San Felices de religiosas de Calatrava de esa ciudad" y le encargaba "se sirva hacer reconocimiento de ello, y avisarmelo para ponerlo en la noticia del Consejo". Recibida la carta seis días después, el corregidor procedió, para contar con asesoramiento técnico en dicha tarea, a requerir los servicios de dos experimentados "maestros de obras" (una suerte de arquitecto y jefe de construcción de la época). Fueron elegidos para este cometido Bernabe de Hazas, natural de Cantabria y en aquel entonces "maestro mayor de obras y veedor general de las de este Arzobispado", así como Nicolás de Foncea, "maestro asimismo de obras y de las del deán y cabildo de la Santa Iglesia Metrópolitana de ella" con el fin de que "también viesen y reconociesen el daño que causó dicho incendio y lo declarasen, con toda distinción". Los dos, todo dicho, de avanzada edad para la época. Cumplidos los preliminares, la mañana del 28 de septiembre, el corregidor, acompañado por el escribano y los dos maestros de obras, procedió tras entrar a la clausura del convento por la "puerta seglar" a la inspección ocular. En su informe recoge que en compañía de los constructores accedió y valoró por "los tránsitos altos y tejados" la magnitud de los daños causados dejando testimonio de que
Veamos ahora el detallado presupuesto presentado para la reconstrucción del convento.
El coste total de la reconstrucción se cifraba en unos 15.000 reales de vellón, importante cantidad de la que la mano de obra costaba 2.000 reales siendo el resto del gasto correspondiente a los materiales de construcción. Entre éstos últimos, sobresale, por su coste, la edificación de una nueva cocina, tasada en 3.000 reales. El resto de materiales nos permite conocer los interiores de una fundación monástica burgalesa en el Seiscientos, con excepción de los muros de piedra que al parecer no se vieron afectados por el fuego. El presupuesto recoge la adquisición de noventa machones -unos pilares de madera apenas trabajados utilizados para sustentar la estructura- con una altura de dieciocho pies (unos cinco metros). Siguen después las vigas de madera para el tejado, diez vigas de veintidós pies de largo (unos seis metros) más cuatro vigas de veintiocho pies (casi ocho metros). Encontramos luego la adquisición de doscientos cincuenta "catorzales", un elemento constructivo de madera para sujetar las vigas de tejado. Después se recomendaba la adquisición de un buen número de tablas por unos quinientos reales, presuponemos para cubrir el tejado. Una vez cubiertas las necesidades de material para la obra del tejado, se recogía lo necesario para la obra de las paredes interiores afectadas por el fuego, construidas según parece por tabiques o una "pared delgada -definía la primera edición del Diccionario de la Lengua Castellana (4)- que se hace de cascotes, u ladrillo, o adobes puestos al canto, trabajados con yeso. Comúnmente sirve para la división de los cuartos, o aposentos de las casas". Por lo visto, la carcasa de los interiores de un convento no se diferenciaba en esencia de una vivienda particular salvo por su distribución en celdas. El presupuesto, por su parte, recogía palabras parecidas pero desde un sentido comercial: "Cuarenta y cuatro tapias de tabique: las treinta de grueso de machón, y las catorce de catorzal, todas cerradas de madera y yeso y sus lanillas".
Por el momento, nada sabemos de la reconstrucción posterior, en que condiciones realizó y si el Consejo de Ordenes proporcionó algún tipo de ayuda económica. Sólo una búsqueda mas exhaustiva en la documentación notarial y también religiosa existente en el Archivo Histórico Nacional nos podrían dar alguna pista. Contentémonos por ahora con las palabras que D. Juan de Cuesta dirigió al corregidor burgalés agradeciéndole sus servicios y que cierran este informe: "Señor mío: He recibido la carta de V.S. de 6 de corriente con la consulta y autos en que informa V.S. del daño que causó el incendio en el Convento de los Religiosos de Calatrava de esa ciudad que he puesto en noticia del Consejo, y queda con toda gratitud al cuidado de V.S. y yo muy a su disposición con todo afecto para cuanto sea del agrado de V.S. que guarde Dios muchos años. Madrid, 14 de octubre de 1698".
En septiembre de 1698 un repentino y feroz incendio se declaró en el convento de las monjas calatravas de San Felices, sito en el barrio de la Vega, asomado a la actual calle Madrid, y, en la actualidad, desaparecido bajo la piqueta del progreso urbanístico. La magnitud de los daños y la administración real que pesaba sobre los maestrazgos de la Orden de Calatrava (recordar que este convento se intitulaba "Real") motivó el interés de la corte madrileña y, en especial, del secretario del Consejo de Ordenes, moviendo al entonces corregidor de Burgos, el I Conde de Santa Cruz de los Manueles, a elaborar un informe valorando los daños y el coste económico de su reconstrucción. Una crónica de la Orden, publicada en Madrid, en 1748, recuerda favorablemente el papel de Carlos II como sexto administrador de la Orden de Calatrava, función desempeñada por los monarcas españoles desde que Carlos I asumiera en 1523 su importante control económico y político (2). Para el autor de dicha relación histórica, Carlos II, pese a tener un "reinado con bastantes turbaciones, que agitaron el reino, y labraron su espíritu", supo desempeñarse bastante bien como administrador pues "celoso en la Religión, constante en la piedad, y amante de la justicia" la gobernó con "la mayor escrupulosidad". Entre sus medidas se cuentan la confirmación del fuero de los caballeros y su mediación en los conflictos jurisdiccionales con otras entidades eclesiásticas.
Fotografías del desaparecido convento tomadas del artículo de Huidobro Serna (1942)
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| "Portada" del informe ocular del corregidor sobre el incendio del convento de San Felices protocolizado en la escribanía de Agustín Pando y Villar. Septiembre de 1698. |
"el fuego y incendio había abrasado y quemado todo el tejado que cubría el cuarto nuevo que mira al septentrión por la parte interior que mira al claustro y todas las divisiones y atajos que hay debajo de él para el servicio de las religiosas que tienen sus celdas debajo; y todo el tejado que cubría la media naranja y cúpula de la iglesia abrasando todos los tirantes, soleras y postes dejando los que quedaron en pie que son muy pocos tan penetrados del fuego que no pueden servir en el edificio. Y así por lo referido como por otros sitios y paredes por donde se reconoce anduvo el fuego y tocó se da a entender haber sido dicho fuego muy fuerte y voraz y ser mucho daño que de él se originó"La magnitud del incendio, que había afectado hasta el extremo de dejar para el derribo la cubierta y parte de la estructura de la iglesia y estancias domésticas de las religiosas, se veía agravada por las intensas lluvias de los últimos días forzando a una solución lo más pronta posible. Los dos "maestros de obras" que habían acompañado al corregidor en su visita al convento también dejaron testimonio de su valoración incluyendo en la misma además una primera propuesta de presupuesto para iniciar la reconstrucción. En su declaración, Bernabe de Hazas y Nicolás de Foncea especificaban que
"reconocido los sitios en que en dicho Real Convento había habido el incendio y quema la noche del día referido, el cual quemó y abrasó todos los tejados que caen encima de la iglesia que mira a la parte de septentrión y claustro, capillas y media naranja, y el ángulo de dicho claustro que cae arrimado a dicha iglesia y parte del poniente se quemaron cinco celdas con sus divisiones, y un cuarto que servía de cocina para toda la comunidad y lo demás que quedo en dicho cuarto se rompió y toda la teja, y mucha tabla y maderas: suelos desenladrillados y yeso [...]"La particular referencia a los intensos daños en la cocina, que contaba con un suelo a base de ladrillos, junto con la propuesta posterior de mover dicha estancia a una nueva localización situada en la "huerta", aislada del resto de edificios, construida esta vez a base de materiales ignífugos (alzado de piedra y ladrillo, suelo empedrado) y, por tanto, más segura, nos hace pensar que el fuego pudo haberse iniciado allí debido quizás a una chispa traslada del hogar o chimenea al tejado. Aunque los maestros de obras no precisan exactamente el origen del fuego, su testimonio no deja lugar a dudas: "En lugar de la cocina que se quemó en los cuartos altos junto al tejado es necesario hacer otra nueva en parte y sitio retirado y seguro a nuestro entender el más seguro será en la huerta; haciéndola nueva de planta. Y hasta el primer alto de piedra con su cañón de ladrillo y tejado a dos aguas y empedrada, dando la puerta por la parte interior, por cuanto en la parte de arriba donde estaba antes es sitio muy peligroso y expuesto a otro incendio por la cercanía de los tejados y ser dicha cocina de uso muy frecuente de la comunidad...". De paso, reconocían el papel protagonista que la estancia de la cocina tenía en la vida diaria de las religiosas.
Veamos ahora el detallado presupuesto presentado para la reconstrucción del convento.
Presupuesto para la reconstrucción del Real
Convento de San Felices elaborado por los maestros de obra Bernabe
de Azas y Nicolás de Foncea. Burgos, 28 de septiembre de 1698.
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Listado de los materiales y obras precisas
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Coste
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“Primeramente son necesarios noventa machones
de marco de largo de diez y ocho pies, cuarta y sesma de
grueso...”
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810 reales
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“Diez vigas de veinte y dos pies de largo,
cuarta y sesma de grueso...”
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120 reales
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“Cuatro vigas de largo de veinte y ocho pies,
cuarta y tercia de grueso...”
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168 reales
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“Doscientos y cincuenta catorzales...”
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312 reales
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“Doscientos y cincuenta sesenes de tabla de
chilla...”
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500 reales
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“Cuarenta y cuatro tapias de tabique: las
treinta de grueso de machón, y las catorce de catorzal, todas
cerradas de madera y yeso y sus lanillas...”
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1.620 reales
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“Treinta cuartones...”
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150 reales
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“Diez arrobas de todo género de clavos...”
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250 reales
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“Las citaras de ladrillo que se quemaron...”
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600 reales
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“Doce mil tejas...”
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1.450 reales
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“Cal y arena para el retejo y brocales...”
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200 reales
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“De los suelos que sean de echar el yeso...”
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826 reales
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“Seis puertas para la seis celdas que se
quemaron sus herrajes y cerraduras...”
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144 reales
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“Puerta de la sacristía que se hizo pedazos
con dicha quema...”
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100 reales
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“En lugar de la cocina que se quemó en los
cuartos altos junto al tejado es necesario hacer otra nueva en
parte y sitio retirado y seguro a nuestro entender el más seguro
será en la huerta; haciéndola nueva de planta. Y hasta el primer
alto de piedra con su cañón de ladrillo y tejado a dos aguas y
empedrada, dando la puerta por la parte interior, por cuanto en la
parte de arriba donde estaba antes es sitio muy peligroso y
expuesto a otro incendio por la cercanía de los tejados y ser
dicha cocina de uso muy frecuente de la comunidad...”
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3.000 reales
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“Sacar la tierra y broza...”
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300 reales
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“Tendrá el coste de madera labrada y dorada
del monumento que se quemó...”
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2.500 reales
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“Las vidrieras y redes...”
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200 reales
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“La manufactura de dicha obra...”
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2.000 reales
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TOTAL
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15.250 reales
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El coste total de la reconstrucción se cifraba en unos 15.000 reales de vellón, importante cantidad de la que la mano de obra costaba 2.000 reales siendo el resto del gasto correspondiente a los materiales de construcción. Entre éstos últimos, sobresale, por su coste, la edificación de una nueva cocina, tasada en 3.000 reales. El resto de materiales nos permite conocer los interiores de una fundación monástica burgalesa en el Seiscientos, con excepción de los muros de piedra que al parecer no se vieron afectados por el fuego. El presupuesto recoge la adquisición de noventa machones -unos pilares de madera apenas trabajados utilizados para sustentar la estructura- con una altura de dieciocho pies (unos cinco metros). Siguen después las vigas de madera para el tejado, diez vigas de veintidós pies de largo (unos seis metros) más cuatro vigas de veintiocho pies (casi ocho metros). Encontramos luego la adquisición de doscientos cincuenta "catorzales", un elemento constructivo de madera para sujetar las vigas de tejado. Después se recomendaba la adquisición de un buen número de tablas por unos quinientos reales, presuponemos para cubrir el tejado. Una vez cubiertas las necesidades de material para la obra del tejado, se recogía lo necesario para la obra de las paredes interiores afectadas por el fuego, construidas según parece por tabiques o una "pared delgada -definía la primera edición del Diccionario de la Lengua Castellana (4)- que se hace de cascotes, u ladrillo, o adobes puestos al canto, trabajados con yeso. Comúnmente sirve para la división de los cuartos, o aposentos de las casas". Por lo visto, la carcasa de los interiores de un convento no se diferenciaba en esencia de una vivienda particular salvo por su distribución en celdas. El presupuesto, por su parte, recogía palabras parecidas pero desde un sentido comercial: "Cuarenta y cuatro tapias de tabique: las treinta de grueso de machón, y las catorce de catorzal, todas cerradas de madera y yeso y sus lanillas".
Por el momento, nada sabemos de la reconstrucción posterior, en que condiciones realizó y si el Consejo de Ordenes proporcionó algún tipo de ayuda económica. Sólo una búsqueda mas exhaustiva en la documentación notarial y también religiosa existente en el Archivo Histórico Nacional nos podrían dar alguna pista. Contentémonos por ahora con las palabras que D. Juan de Cuesta dirigió al corregidor burgalés agradeciéndole sus servicios y que cierran este informe: "Señor mío: He recibido la carta de V.S. de 6 de corriente con la consulta y autos en que informa V.S. del daño que causó el incendio en el Convento de los Religiosos de Calatrava de esa ciudad que he puesto en noticia del Consejo, y queda con toda gratitud al cuidado de V.S. y yo muy a su disposición con todo afecto para cuanto sea del agrado de V.S. que guarde Dios muchos años. Madrid, 14 de octubre de 1698".
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(1) A.H.P.B. P.N. 6550, 28 de septiembre de 1698, ff. 438-452.
(2) Difiniciones de la Orden y Caballería de Calatrava, conforme al capítulo general, celebrado en Madrid, año de M.DC.LII / Segunda impresión hecha de orden de su Majestad, Madrid, en la imprenta del Mercurio, 1748, p. C.
(3) Luciano HUIDOBRO SERNA, Convento de religiosas de San Felices, orden de Calatrava en Burgos, Boletín de la Comisión Provincial de Monumentos Históricos y Artísticos de Burgos, 2º trimestre, 79 (1942), p. 45-49.
(4) Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana, en que se explica su verdadero sentido de las voces, su naturaleza, y calidad, con las frases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua, tomo VI, En Madrid: Por los herederos de Francisco del Hierro, 1739, p. 204.
(4) Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana, en que se explica su verdadero sentido de las voces, su naturaleza, y calidad, con las frases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua, tomo VI, En Madrid: Por los herederos de Francisco del Hierro, 1739, p. 204.
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domingo, 18 de mayo de 2014
Esclavos en Burgos (siglos XVII-XVIII). Una realidad anecdótica.
La revisión de los protocolos notariales emanados de los escribanos burgaleses durante los siglos XVII y XVIII y conservados en el Archivo Histórico Provincial, dentro de mi investigación sobre la imprenta y el comercio de libros, ha revelado entre miles y miles de ventas, poderes y arriendos una exigua serie de documentos relacionados con una realidad exótica y marginal al Burgos de la Edad Moderna, la esclavitud. En el siguiente artículo daremos, para solaz y curiosidad del lector, una breve introducción para pasar a conocer esta serie de documentos: la venta de un esclavo en 1687, la partida de casamiento de una esclava en 1700 y la manumisión de una esclava en 1798.
El interés investigador por la esclavitud en España durante la época moderna es relativamente reciente, contando entre sus precedentes con un artículo publicado por Antonio Domínguez Ortíz a principios de los cincuenta. Tal carestía ha sido muy bien cubierta en las últimas décadas espoleado esta línea historiográfica por la influencia de los historiadores franceses por las minorías, los despreciados, los socialmente invisibles. Sin embargo la investigación se ha visto obstaculizada por la ausencia de depósitos documentales o series de documentación lineales estrictamente referidas a los esclavos viéndose obligado el interesado al pesado trabajo de cribar las partidas parroquiales, los protocolos notariales (especialmente las ventas y escrituras de liberación de esclavos, etc) amén de pleitos y otros documentos. El interés de los esclavos se ha concentrado últimamente en una esfera regional o local, sea el caso del artículo de Arturo Morgado para Cádiz o la tesis de Rocío Periáñez para Extremadura (1).
Con una larga tradición desde la Edad Media y apoyada en el fenómeno reconquistador y los objetivos militares y piráticos sobre el norte de África, la esclavitud entrara desde la segunda mitad del XVII y sobre todo en la siguiente centuria, tras haber conocido en el periodo anterior un floreciente desarrollo de la mano del mercado americano y del tráfico negrero, un progresivo periodo de erosionamiento que terminará por convertir la figura del esclavo en la Península en una exótica rareza que sólo era una palídisimo reflejo del fenómeno servil que se vivió en las últimas colonias españolas -sobre todo Cuba- hasta bien entrado el siglo XIX. En el XVIII, el esclavo, salvo Cádiz, por su especial conexión con Indias, se había convertido en un componente minoritario de la sociedad, más en relación con la necesidad de dar lustre social a su propietario que por su rendimiento laboral.
En Burgos la esclavitud fue algo totalmente marginal y asociado de forma indirecta al mundo americano y Cádiz. Fue un fenómeno extraño a la realidad socioeconómica burgalesa e introducido por medio de la llegada de sus propietarios a esta población. Veamos los documentos hallados.
El primer documento sobre la esclavitud en la ciudad castellana nos retrotrae a finales del siglo XVII, en concreto, el 17 de septiembre de 1687, cuando el comerciante Gaspar de Vadillo vende, cual montura equina se tratara, a la esclava Lucia al noble y residente en Briviesca, Joaquín Frías Salazar y Miranda, por la apreciable cantidad de mil doscientos reales de vellón. Siguiendo el protocolo sabemos que la esclava, de raza negra, probablemente, de origen norteafricano, fue bautizada en "Liorna", en aquellos momentos, puerto franco del Gran Ducado de la Toscana con una intensa actividad comercial y también un mercado esclavista de alguna importancia al ser, al igual que Nápoles pero en mucho menor medida, destino de las ventas de los "moros" o norteafricanos capturados en las aguas y costas mediterráneas por navíos cristianos, como se desprende de la biografía del jesuita Baltasar Mendez de Loyola, quien, en su trayecto a Nápoles tuvo oportunidad en Liorna de convertir al cristianismo a un esclavo moro (3). Desconocemos como y porqué de la presencia de esta esclava, bautizada en tierras italianas, pudo llegar a Burgos aunque podemos indicar que las relaciones comerciales de su antiguo dueño tuvieron algo que ver, quizá obtenida en pago a una deuda. Seguramente un estudio más profundo de este Gaspar de Vadillo nos esclarezco algo estos hechos. Por lo que toca al comprador, un noble de Briviesca, que se intitula en el documento como "caballero de la Orden de Calatrava", poco sabemos. Cabe presuponer, a falta de investigaciones, su condición de gran propietario rentista para la que la compra de una esclava podría significarse como un elemento de prestigiarse socialmente. Volviendo a Lucía, la esclava, sabemos que en el momento de su venta era casi una niña, "de diez a once años", "delgada de cuerpo" y "pecosa", había sobrevivido a la viruela y poseía como rasgo distintivo que en su mano izquierda contaba seis dedos, posiblemente, un trastorno genético conocido como polidactilia. Siguen después las garantías del vendedor de no cometer engaño en cuando a la salud y capacidad de la esclava, no estando tampoco "hipotecada" cual vivienda, para terminar el documento con la habitual y pesada fraseología burocrática.
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| Escritura de venta de una esclava en Burgos en 1687 |
El primer documento sobre la esclavitud en la ciudad castellana nos retrotrae a finales del siglo XVII, en concreto, el 17 de septiembre de 1687, cuando el comerciante Gaspar de Vadillo vende, cual montura equina se tratara, a la esclava Lucia al noble y residente en Briviesca, Joaquín Frías Salazar y Miranda, por la apreciable cantidad de mil doscientos reales de vellón. Siguiendo el protocolo sabemos que la esclava, de raza negra, probablemente, de origen norteafricano, fue bautizada en "Liorna", en aquellos momentos, puerto franco del Gran Ducado de la Toscana con una intensa actividad comercial y también un mercado esclavista de alguna importancia al ser, al igual que Nápoles pero en mucho menor medida, destino de las ventas de los "moros" o norteafricanos capturados en las aguas y costas mediterráneas por navíos cristianos, como se desprende de la biografía del jesuita Baltasar Mendez de Loyola, quien, en su trayecto a Nápoles tuvo oportunidad en Liorna de convertir al cristianismo a un esclavo moro (3). Desconocemos como y porqué de la presencia de esta esclava, bautizada en tierras italianas, pudo llegar a Burgos aunque podemos indicar que las relaciones comerciales de su antiguo dueño tuvieron algo que ver, quizá obtenida en pago a una deuda. Seguramente un estudio más profundo de este Gaspar de Vadillo nos esclarezco algo estos hechos. Por lo que toca al comprador, un noble de Briviesca, que se intitula en el documento como "caballero de la Orden de Calatrava", poco sabemos. Cabe presuponer, a falta de investigaciones, su condición de gran propietario rentista para la que la compra de una esclava podría significarse como un elemento de prestigiarse socialmente. Volviendo a Lucía, la esclava, sabemos que en el momento de su venta era casi una niña, "de diez a once años", "delgada de cuerpo" y "pecosa", había sobrevivido a la viruela y poseía como rasgo distintivo que en su mano izquierda contaba seis dedos, posiblemente, un trastorno genético conocido como polidactilia. Siguen después las garantías del vendedor de no cometer engaño en cuando a la salud y capacidad de la esclava, no estando tampoco "hipotecada" cual vivienda, para terminar el documento con la habitual y pesada fraseología burocrática.
El segundo documento es una partida de matrimonio fechada el 3 de mayo de 1700 entre Laureano Luis Correa, natural de Cádiz, con Mariana Josefa "esclava en casa y servicio del Marqués de Villacampo, alcalde mayor y regidor perpetuo de esta ciudad y caballero del Habito de Santiago" (4). El origen gaditano del marido junto con la condición de servidumbre de esta esclava en la casa del Marqués de Villacampo explican el origen de Mariana Josefa, muy probablemente comprada en la plaza atlántica. El II Marqués de Villacampo era hijo de Antonio Fernández de Castro, importante comerciante de origen burgalés en el Cádiz de la segunda mitad del siglo XVII y cuya familia había accedido a la nobleza titulada por gracia del rey Carlos II en 1665 (5).
El tercer documento es la escritura de manumisión de una esclava, María del Pilar, otorgada, en 1798, por su propietario, el ingeniero de Marina, José Pilón y Espejo, en atención a haberse convertido al cristianismo, por sus buenos servicios como criada y otros motivos no especificados (6). Dicho documento nos ofrece una suerte de biografía, principiando por su descripción: "negra atezada con ojos grandes de estatura regular, su edad de veinte y dos años". Seguidamente se informa de haber sido adquirida en La Habana en 1787 a Esteban Fleming, importante comerciante de origen inglés asentado en el Puerto de Santa María y con estancias de negocios en Cuba (7). María del Pilar había llegado a Cuba procedente de otra isla antillana, Trinidad, bajo la consignación de este hombre de negocios, en la "fragata nombrada el Brillante". Aunque hasta ahora desconocemos la trayectoria de José Pilón se puede especular con una posible llegada a Cuba para trabajar al servicio real como ingeniero, bien en el astillero, bien en las fortificaciones. Recordar que Cuba se había convertido desde el reinado de Carlos III en la plaza fuerte del poder español en la Antillas, con programas de refuerzo y construcción de nuevas defensas e infraestructuras.
Estos documentos, aunque escasos, tienen cierta riqueza pues nos presentan una venta, una manumisión y un matrimonio de tres esclavas de orígenes diversos -una norteafricana adquirida en Italia, una comprada en Cuba y otra ligada a Cádiz-. Como vemos por los siguientes documentos la realidad de la esclavitud,muy presente en estos siglos en las plazas comerciales como Cádiz, Valencia o Alicante junto con otras regiones de paso de importantes flujos comerciales, caso de Extremadura, fue algo anecdótico y exótico a la realidad burgalesa, con la presencia testimonial de algún esclavo ligada a las actividades de su propietario -un mercader, un noble residente en Cádiz y con intereses comerciales, un ingeniero llegado de Indias- pero cuya consideración social no era ajena a los burgaleses. Proporcionamos, a continuación, una transcripción de los protocolos para quien esté interesado en profundizar. Si alguno de ellos os resulta de interés en vuestra investigación y queréis citarlo, con una nota de agradecimiento a mi persona, me doy por sobradamente satisfecho.
Venta de esclava Gaspar de Vadillo a favor de Joaquín de Frías
«Sépase que yo Gaspar de Vadillo, vecino y mercader de joyería de esta ciudad de Burgos = Otorgo que vendo y doy en venta real a D. Joaquín de Frías Salazar y Miranda, caballero de la orden de Calatrava, vecino de la villa de Briviesca, una mi esclava negra habida con justo y derecho titulo llamada Lucia bautizada en las tierras de Liorna de edad de diez a once años, delgada de cuerpo, pecosa de algunas señales de viruela con seis dedos en la mano izquierda la cual no está hipotecada ni sujeta a ninguna obligación, de deuda mía. Y en mi poder no ha cometido delito criminal y al parecer estar sana de toda enfermedad pública ni secreta de mal de corazón y de otra que la impida poder trabajar y de otro defecto alguno porque no lo tiene la cual vendó al susodicho en precio de mil y doscientos reales de vellón que se me ha dado y entregado en ochenta reales de a ocho de plata blanca a presencia del presente escribano, y de esta escritura de que le pide de fe yo el escribano la doy de que en mi presencia y de los dichos testigos Juan Díez de Mera, procurador del número de dicha villa en[...] del dicho D. Joaquín de Frías dio y entregó a el dicho Gaspar de Vadillo los dichos ochenta reales de a ocho de plata blanca en la misma especie [...] de quince reales cada uno como hoy corren hacen los dichos mil y doscientos reales de vellón en que se ha vendido dicha esclava y el dicho Gaspar de Vadillo lo recibió y pasó a ocuparse y poder y yo el susodicho así lo confieso y a mayor abundamiento renunció las leyes de la entrega excepción de canon numerata pecunia y demás del caso. Y declaro que dicha cantidad es el justo valor de dicha esclava y si fuese mayor en que la cantidad que sea la demasía hago de ella al comprador donación pura por efecto y acabada que el derecho llama intervivos y renuncio la ley del ordenamiento reales y el remedio los cuatro años del engaño y demás leyes del caso y desde ahora en adelante para siempre me desapodero y desisto del derecho de propiedad, posesión y señorío que en la dicha esclava tenía y me pertenece y todo lo cedo, renunció y traspasó en el dicho comprador y en quien derecho representase para que sea su esclava sujeta a su servidumbre como tal la mantenga y venta o disponga a su voluntad y no saldrá mala voz ni se le mueva pleito alguno sobre ello y si se le hiciere o moviere lo seguiré y defenderé a mi costa desde el día que de ello tuviese noticia hasta fenecer los pleitos y sino lo cumpliese y el dicho D. Joaquín fuese despojado de dicha esclava le volveré la dicha cantidad con las costas y daños que se siguieran y causaren y aunque tenga dicha esclava cuales quiera [...] enfermedades no me la puede volver ni pedir cosa alguna ni pretender descuenta ni baja porque todo quedo libre y para que me compelan al cumplimiento de lo referido por mi parte me obligó mi persona y bienes muebles y raíces que doy y por haber doy todo mi poder cumplido a cualquier justicias que mis causas puedan conocer para que a ello me compelan por [...] sumaria y [...] y todo rigor de derecho y como por sentencia pasada en cosa juzgada renunció todas las leyes de mi favor con la justicia en forma y lo otorgo así ante el presente escribano y testigos en la ciudad de Burgos a diez y siete de septiembre de mil seiscientos ochenta y siete siendo testigos D. Manuel de Pinedo, vecino de esta ciudad de Burgos, Martín de Robredo y Pedro de Chacar, estantes en ella. Y el otorgante firmó a quien yo el escribano doy fe conozco = Gaspar de Vadillo [Rúbrica] Ante mi: José Fernández de Guilarte [Rúbrica]»
A.H.P.B. P.N. 6883, F. 137, 17 de septiembre de 1687.
Libertad de esclavo el Sr. D. José Pilón y Espejo a la esclava María del Pilar.
El tercer documento es la escritura de manumisión de una esclava, María del Pilar, otorgada, en 1798, por su propietario, el ingeniero de Marina, José Pilón y Espejo, en atención a haberse convertido al cristianismo, por sus buenos servicios como criada y otros motivos no especificados (6). Dicho documento nos ofrece una suerte de biografía, principiando por su descripción: "negra atezada con ojos grandes de estatura regular, su edad de veinte y dos años". Seguidamente se informa de haber sido adquirida en La Habana en 1787 a Esteban Fleming, importante comerciante de origen inglés asentado en el Puerto de Santa María y con estancias de negocios en Cuba (7). María del Pilar había llegado a Cuba procedente de otra isla antillana, Trinidad, bajo la consignación de este hombre de negocios, en la "fragata nombrada el Brillante". Aunque hasta ahora desconocemos la trayectoria de José Pilón se puede especular con una posible llegada a Cuba para trabajar al servicio real como ingeniero, bien en el astillero, bien en las fortificaciones. Recordar que Cuba se había convertido desde el reinado de Carlos III en la plaza fuerte del poder español en la Antillas, con programas de refuerzo y construcción de nuevas defensas e infraestructuras.
Estos documentos, aunque escasos, tienen cierta riqueza pues nos presentan una venta, una manumisión y un matrimonio de tres esclavas de orígenes diversos -una norteafricana adquirida en Italia, una comprada en Cuba y otra ligada a Cádiz-. Como vemos por los siguientes documentos la realidad de la esclavitud,muy presente en estos siglos en las plazas comerciales como Cádiz, Valencia o Alicante junto con otras regiones de paso de importantes flujos comerciales, caso de Extremadura, fue algo anecdótico y exótico a la realidad burgalesa, con la presencia testimonial de algún esclavo ligada a las actividades de su propietario -un mercader, un noble residente en Cádiz y con intereses comerciales, un ingeniero llegado de Indias- pero cuya consideración social no era ajena a los burgaleses. Proporcionamos, a continuación, una transcripción de los protocolos para quien esté interesado en profundizar. Si alguno de ellos os resulta de interés en vuestra investigación y queréis citarlo, con una nota de agradecimiento a mi persona, me doy por sobradamente satisfecho.
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TRANSCRIPCIÓN DOCUMENTAL
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Venta de esclava Gaspar de Vadillo a favor de Joaquín de Frías
«Sépase que yo Gaspar de Vadillo, vecino y mercader de joyería de esta ciudad de Burgos = Otorgo que vendo y doy en venta real a D. Joaquín de Frías Salazar y Miranda, caballero de la orden de Calatrava, vecino de la villa de Briviesca, una mi esclava negra habida con justo y derecho titulo llamada Lucia bautizada en las tierras de Liorna de edad de diez a once años, delgada de cuerpo, pecosa de algunas señales de viruela con seis dedos en la mano izquierda la cual no está hipotecada ni sujeta a ninguna obligación, de deuda mía. Y en mi poder no ha cometido delito criminal y al parecer estar sana de toda enfermedad pública ni secreta de mal de corazón y de otra que la impida poder trabajar y de otro defecto alguno porque no lo tiene la cual vendó al susodicho en precio de mil y doscientos reales de vellón que se me ha dado y entregado en ochenta reales de a ocho de plata blanca a presencia del presente escribano, y de esta escritura de que le pide de fe yo el escribano la doy de que en mi presencia y de los dichos testigos Juan Díez de Mera, procurador del número de dicha villa en[...] del dicho D. Joaquín de Frías dio y entregó a el dicho Gaspar de Vadillo los dichos ochenta reales de a ocho de plata blanca en la misma especie [...] de quince reales cada uno como hoy corren hacen los dichos mil y doscientos reales de vellón en que se ha vendido dicha esclava y el dicho Gaspar de Vadillo lo recibió y pasó a ocuparse y poder y yo el susodicho así lo confieso y a mayor abundamiento renunció las leyes de la entrega excepción de canon numerata pecunia y demás del caso. Y declaro que dicha cantidad es el justo valor de dicha esclava y si fuese mayor en que la cantidad que sea la demasía hago de ella al comprador donación pura por efecto y acabada que el derecho llama intervivos y renuncio la ley del ordenamiento reales y el remedio los cuatro años del engaño y demás leyes del caso y desde ahora en adelante para siempre me desapodero y desisto del derecho de propiedad, posesión y señorío que en la dicha esclava tenía y me pertenece y todo lo cedo, renunció y traspasó en el dicho comprador y en quien derecho representase para que sea su esclava sujeta a su servidumbre como tal la mantenga y venta o disponga a su voluntad y no saldrá mala voz ni se le mueva pleito alguno sobre ello y si se le hiciere o moviere lo seguiré y defenderé a mi costa desde el día que de ello tuviese noticia hasta fenecer los pleitos y sino lo cumpliese y el dicho D. Joaquín fuese despojado de dicha esclava le volveré la dicha cantidad con las costas y daños que se siguieran y causaren y aunque tenga dicha esclava cuales quiera [...] enfermedades no me la puede volver ni pedir cosa alguna ni pretender descuenta ni baja porque todo quedo libre y para que me compelan al cumplimiento de lo referido por mi parte me obligó mi persona y bienes muebles y raíces que doy y por haber doy todo mi poder cumplido a cualquier justicias que mis causas puedan conocer para que a ello me compelan por [...] sumaria y [...] y todo rigor de derecho y como por sentencia pasada en cosa juzgada renunció todas las leyes de mi favor con la justicia en forma y lo otorgo así ante el presente escribano y testigos en la ciudad de Burgos a diez y siete de septiembre de mil seiscientos ochenta y siete siendo testigos D. Manuel de Pinedo, vecino de esta ciudad de Burgos, Martín de Robredo y Pedro de Chacar, estantes en ella. Y el otorgante firmó a quien yo el escribano doy fe conozco = Gaspar de Vadillo [Rúbrica] Ante mi: José Fernández de Guilarte [Rúbrica]»
A.H.P.B. P.N. 6883, F. 137, 17 de septiembre de 1687.
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Libertad de esclavo el Sr. D. José Pilón y Espejo a la esclava María del Pilar.
«En la ciudad de Burgos a veinte y siete de julio de mil setecientos noventa y ocho ante mí el infraescripto escribano de S.M. número perpetúo de ella y mayor interino de rentas reales y servicios de millones de esta misma ciudad, y su provincia, y testigos que abajo se expresaran pareció presente el Sr. D. José Pilón y Espejo, ingenieron en primero de marina y comisionado por S.M. para la labra y corta de madera y conservación de los montes pinares de esta provincia y la de Soria, estante en esta mencionada ciudad y dijo tiene una esclava llamada María del Pilar, la cual es negra atezada con ojos grandes de estatura regular, su edad de veinte y dos años, la que le corresponde por haberla comprado en la Habana en veinte de enero del año pasado de mil setecientos ochenta y siete a D. Esteban Fleming, de cuya consignación se condujo de la isla Trinidad de Barlovento en la fragata nombrada el Brillante y la escritura de venta que en su favor se hizo se halla en la citada ciudad en la escribanía de D. Nicolás de Frías, por cuyo testimonio pasó y a la que el otorgante se remite, quien con consideración a haberse convertido a nuestra Santa Religión, servir de dicha esclava con toda lealtad, y por otros justos motivos que le impelen ha determinado manumitirla y dar la libertad; y para que esta tenga efecto en la vía y forma, que más haya lugar por derecho, cercionado de que en este caso le compete = Otorga que da y concede a la expresada María del Pilar, plena y absoluta libertad a fin de la tenga, goce y disfrute como sí fuera naturalmente libre; se desapoderara, quita y aparta desde hoy, para siempre jamás del derecho de patronato y dominio que hasta ahora tuvo sobre ella y todo ello lo cede, renuncia y traspaso a su favor para que no pueda volver a estar sujeta a su servidumbre; y la concede poder irrevocable con libre, franca, y general administración para que trate contrate, teste, comparezca en juicio por si, o por medio de sus apoderados, y practique sin intervención de lo otorgante todo cuanto está permitido a los que nacieron libres usando en todo de su espontánea voluntad, y para ello formaliza a su favor esta escritura con los requisitos legales que sean precisos, y conducentes a su mayor estabilidad, y firmeza me pide que de ella de a la citada su esclava manumitida María del Pilar cuantas copias autorizadas de esta misma escritura pida para su resguardo, la cual se obligó con su persona y bienes a no revocar total, ni parcialmente, interpretar ni reclamar esta libertad, y manumisión, sin embargo de las causas, que para volverla a su poder y dominio prescriben las leyes de estos reinos, que absolutamente renuncia, y si lo contrario hiciera quisole oiga ni admita en tribunal alguno, y que por el mismo hecho sea visto haberla aprobado, y ratificad, añadiendo fuerza, a fuerza, y contrato, a contrato; y a ello quiso ver compelido y apremiado por todo rigor de orden da amplio poder a los señores jueces competentes para que le obliguen por todo rigor de derecho al cumplimiento de esta escritura como por sentencia definitiva pasada en autoridad de cosas juzgada y consentida que por tal lo revive y renuncia todas las leyes, fueros, y derechos de su favor con la general en forma. Y así lo dijo y otorgó por firme ante mi el infraescripto escribano siendo testigos D. Antonio Saenz de Viniegra, Basilio Ayerte y Manuel Roca, vecino y residentes en esta misma ciudad de Burgos, a quienes y el Sr. otorgante que doy fe conozco lo firmo = José Pilón y Espejo [rúbrica]. Ante mí: D. Miguel de Palma y Valderrama»
A.H.P.B. P.N. f. 47, 27 de julio de 1798.
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(1) Arturo MORGADO, El mercado de esclavos en el Cádiz de la Edad Moderna (1650-1750), Tiempos Modernos, V. 6, Nº 18 (2009); Rocío PERIÁÑEZ, La esclavitud en Extremadura (siglos XVI-XVIII),tesis doctoral, Universidad de Extremadura, 2008. Interesante también Juan Jesús BRAVO, Los esclavos de Málaga a mediados del siglo XVIII, una minoría en extinción, Baetica, 19-2, 1997, pp. 83-108.
(2) Archivo Histórico Provincial de Burgos (en adelante, A.H.P.B.), Protocolos notariales, 6883, 17 de septiembre de 1687, f. 137.
(3) José CASSANI, Glorias del segundo siglo de la Compañía de Jesús dibujadas en las vidas, y elogios de algunos de sus varones ilustres en virtud, letras, y celo de las armas..., III, Madrid, Por Manuel Fernández, Impresor de Libros, 1736, p. 655. La vida de este religioso jesuita, hijo del sultán de Fez, resulta muy interesante. Al respecto, esta página en francés.
(4) Archivo Diocesano de Burgos, San Gil, 10, Libro de casados y velados, 4º (1695-1739), 3 de mayo de 1700.
(3) José CASSANI, Glorias del segundo siglo de la Compañía de Jesús dibujadas en las vidas, y elogios de algunos de sus varones ilustres en virtud, letras, y celo de las armas..., III, Madrid, Por Manuel Fernández, Impresor de Libros, 1736, p. 655. La vida de este religioso jesuita, hijo del sultán de Fez, resulta muy interesante. Al respecto, esta página en francés.
(4) Archivo Diocesano de Burgos, San Gil, 10, Libro de casados y velados, 4º (1695-1739), 3 de mayo de 1700.
(5) José BERNI, Creación, antigüedad y privilegios de los títulos de Castilla, s.l. (¿Madrid?, En la imprenta particular del autor para sus obras, 1769, p. 364. Un testimonio contemporáneo cita a Villacampo como uno de los comerciantes más ricos a fines del siglo XVII en Cádiz. Juan José IGLESIAS, Oligarquías urbanas y movilidad social en Andalucía Occidental Moderna, Revista de Historia del Puerto, 22 (1999), p. 41.
(6) A.H.P.B. P.N. 7288/5, f. 47, 27 de julio de 1798.
(7) La trayectoria de Estebán Fleming es conocida gracias a los estudios sobre su esposa, la poetisa María Gertrudis Hore. Véase, por ejemplo, la investigación de Fredérique Morand.
(6) A.H.P.B. P.N. 7288/5, f. 47, 27 de julio de 1798.
(7) La trayectoria de Estebán Fleming es conocida gracias a los estudios sobre su esposa, la poetisa María Gertrudis Hore. Véase, por ejemplo, la investigación de Fredérique Morand.
domingo, 29 de diciembre de 2013
Crónica de las XIV Jornadas de Trabajo de la Asociación Española de Bibliografía (19 y 20 de diciembre del 2013)
La pasada semana tuve el gusto de asistir y participar con una comunicación a la XIV convocatoria de las Jornadas de Trabajo organizadas por la Asociación Española de Bibliografía (AEB). Creada en 1988 con especialistas provenientes de la Biblioteca Nacional y de la Complutense principalmente, tiene como objetivo según recogen sus estatutos "fomentar el conocimiento del libro español y su historia mediante la realización de actividades encaminadas al estudio de la producción bibliográfica nacional". Las jornadas de trabajo, que se celebran anualmente y que en el pasado dieron lugar a varias actas impresas (una tradición perdida lamentablemente), se constituyen por tanto en "un lugar de encuentro e intercambio de ideas para todos aquellos interesados en bibliografía e historia del libro, y por lo tanto está abierto a toda persona, sociedad o institución interesada en estos objetivos". Para más información, su bien nutrida web. Comentar finalmente que para presentar propuestas a dichas jornadas (la convocatoria es a finales de agosto-principios de septiembre) no es necesario ser socio de dicha Asociación.
Las jornadas se celebraron los días 19 y 20 de diciembre en la sala de exposiciones de la Biblioteca Nacional, nunca un escenario más adecuado para este tipo de investigaciones. La sala contaba con una capacidad para más de cien personas. Durante la tarde del 19, único día al que pude asistir por motivos personales, se llenaron cerca de tres cuartas partes de los asientos. A las jornadas de este año se presentaron quince comunicaciones provenientes de distintos especialistas, sobre todo de la Complutense, pero también de la BNE y de otras universidades extranjeras (UNAM y Cambridge) lo que le dio un tono internacional al encuentro. Cada ponente disponía de 20 minutos de exposición a los que se sumaban otros diez para preguntas. Comentar que al dejar la tanda de preguntas para al final y ante el temor de los organizadores de no haber tiempo para concluir los actos, terminamos por concluir con holgura el tiempo previsto. Como es típico en estas reuniones científicas cada ponente fue precedido por una breve presentación sobre su C.V. por parte de quien presidía la mesa. A continuación referiré un extracto de las comunicaciones a las que pude asistir aunque perdonad que no sea rigurosamente exacto pero con los nervios ante mi inminente ponencia se me pasó tomar apuntes.
Las jornadas se celebraron los días 19 y 20 de diciembre en la sala de exposiciones de la Biblioteca Nacional, nunca un escenario más adecuado para este tipo de investigaciones. La sala contaba con una capacidad para más de cien personas. Durante la tarde del 19, único día al que pude asistir por motivos personales, se llenaron cerca de tres cuartas partes de los asientos. A las jornadas de este año se presentaron quince comunicaciones provenientes de distintos especialistas, sobre todo de la Complutense, pero también de la BNE y de otras universidades extranjeras (UNAM y Cambridge) lo que le dio un tono internacional al encuentro. Cada ponente disponía de 20 minutos de exposición a los que se sumaban otros diez para preguntas. Comentar que al dejar la tanda de preguntas para al final y ante el temor de los organizadores de no haber tiempo para concluir los actos, terminamos por concluir con holgura el tiempo previsto. Como es típico en estas reuniones científicas cada ponente fue precedido por una breve presentación sobre su C.V. por parte de quien presidía la mesa. A continuación referiré un extracto de las comunicaciones a las que pude asistir aunque perdonad que no sea rigurosamente exacto pero con los nervios ante mi inminente ponencia se me pasó tomar apuntes.
Sala de conferencias de la Biblioteca Nacional durante la celebración de las XII Jornadas (2011). Tomado del boletín de la AEB.
Las Jornadas se inauguraron a las cuatro de la tarde con la comunicación del profesor de la Complutense José Luis Gonzalo Sanchéz-Molero. Su comunicación versó sobre la identificación del taller del que salió un manual de gramática latina obra de un canónigo llamado Juan de Aranda escrito con el fin de reforzar la educación del joven hijo de Carlos V, el futuro Felipe II. Afortunadamente se ha conservado un ejemplar en la biblioteca del monasterio del Escorial aunque sin indicación de su lugar de impresión ni del taller del que salió, sólo una fecha, 1538. Se sabe que fue utilizado para la educación del joven príncipe porque conservaba como señal manuscrita una almohadilla (#) empleada por sus maestros para indicar aquellos libros que ya había leído. El profesor Gonzalo Sanchéz-Molero inició su ponencia introduciéndonos en los manuales de gramática latina empleados en la educación real y como ante la complejidad del manual de Nebrija y el interés de Carlos V porque su hijo aprendiese a corta edad los rudimentos de la lengua romana, al contrario que él, varios autores presentaron distintos manuales, entre ellos el ya citado de Juan de Aranda. Seguidamente el ponente realizó una breve descripción interna del libro así como de sus características tipográficas. Tras mostrar distintas hipótesis sobre la sutoria tipográfica de tal manual (madrileña, sevillana, etc) se acabó decantando por un taller sevillano de la época debido a la coincidencia de empleo de las mismas capitulares así como de un gran escudo en portada. Ponencia muy amena e interesante.
Apertura y bienvenida a las XIV jornadas. En la mesa (de izq. a dcha.) Benito Rial, Antonio Carpallo y Fermín de los Reyes. Foto propia.
Seguidamente llegó la comunicación de Remedios Prieto, catedrática de Literatura en enseñanzas medias. Versó sobre el estudio de las cuatro primeras ediciones conocidas de la Celestina, las de Burgos y Toledo entre el 1499 y el 1501, la de Zaragoza en 1507 y la de Valencia en 1514. El objetivo principal de su densa pero esclarecedora ponencia era lograr mediante la catalogación, contabilización y estudio de las abreviaturas de estas cuatro ediciones determinar que población conoció la editio princeps de la Celestina, si Burgos o Toledo, una cuestión que según refirió Prieto sigue provocando enconados debates entre los "celestinistas". Para Prieto el estudio de las abreviaturas ofrece una salida a esta discusión. Comentar que las abreviaturas eran más que frecuentes en libro de esta época. Las más habituales eran abreviar el nombre de los personajes pero también omitir palabras o dividirlas cuando no cabían en el renglón. Todo ello con el fin de cuadrar la composición y ahorrar papel, uno de las partidas más costosas en la impresión de un libro. Creo recordar que Remedios Prieto refirió que con estas argucias aplicadas al máximo se podía ahorrar una resma y media de papel. Para Prieto, después de referir las características formales de estas ediciones (deteniéndose especialmente en las ilustraciones que acompañaban al texto antes de pasar a las abreviaturas), el estudio de las abreviaturas permite afirmar que la primera edición de la Celestina se realizó en Toledo en 1500 ya el estudio de sus abreviaturas revela numerosos errores y omisiones, algo que en una segunda edición (después de la hipotética de Burgos en 1499) hubiesen sido corregidos. Además la composición de la de Burgos, sin fechar, está mejor corregida y elaborada, por tanto, ha de ser posterior a la edición de Toledo pese a que en su colofón halla un escudo que diga que fue impresa en 1499. Distintos investigadores, como Mercedes Valladares, han demostrados que dicho escudo fue utilizado en ediciones posteriores a 1499.
La tercera ponencia de la tarde corrió a cargo de Carlos M. Collantes Sánchez, investigador de la Universidad de Córdoba, quien nos habló sobre un proyecto encabezado por un grupo de investigación para localizar y recoger una publicación con su correspondiente estudio todas las composiciones de poesía que aparecieron en las impresiones de los talleres cordobeses, teniendo como marco cronológico el bajo Barroco (hasta mediados del XVIII). En dicha investigación se presta atención no sólo a las obras de poesía exclusivamente sino también a aquellas composiciones aparecidas en impresos menores, como los villancicos cantados en la catedral, y también aquellas incluidas como acompañamiento de composiciones en prosa, por ejemplo, los sermones o los prólogos. Aunque dicha investigación tiene sus problemáticas, sobre todo a la hora de decidir que tipo de descripción se da a cada entrada de cada una de las obras en la antología.
La siguiente comunicación fue protagonizada por Yolanda Clemente San Román, profesora en la Complutense. Clemente San Román presentó su investigación sobre el catalogo de un librero dieciochesco conservado en la Biblioteca Histórica de su universidad, un conocido librero franco-judío, Amand König, que consiguió un gran éxito comercial en Estrasburgo y que logró abrir una sucursal en París, que continuaría su hijo durante el XIX. Comentar que esta profesora ha convertido el análisis temático de los catálogos de libros conservados en esta biblioteca en el último de sus intereses investigadores. Para ejemplo, su último artículo en la Revista General de Información y Comunicación dedicado a un catálogo de la familia de libreros de Lyon, los Bruisset. En su comunicación la profesora Clemente destacó la gran modernidad de este catalogo, que guarda muchas semejanzas con los publicados actualmente, pues se divide en multitud de secciones, índice de que el entretenimiento del lector se había diversificado, tales como chistes, pesca, etc además de los clásicos de Derecho o religiosos. Es interesante también señalar que König acompañaba muchas de las entradas con comentarios propios para atraer el interés del comprador.
Después de la comunicación de Clemente hubo un descanso de un cuarto de hora en el que tanto los ponentes como los asistentes aprovecharon para tomar un café o ir a los aseos a la par que desentumecían las piernas. Mientras tanto los siguientes ponentes, entre los que yo me contaba, accedían al estrado y preparaban en el ordenador sus presentaciones. Tras el descanso, tocó el turno a un equipo multidisplinar venido desde Inglaterra, por parte de la British Library, Geoff West, por parte de la universidad de Cambridge, el investigador español Samuel Llano. Ambos nos hablaron sobre un proyecto desarrollado conjuntamente, la digitalización, catalogación y estudio de los fondos de pliegos de cordel conservados en dicha institución desde una perspectiva sociológica con el nombre de "Wrongdoing in Spain, 1800-1936". Pero mejor cedamos la voz a los objetivos y descripción de dicho proyecto investigador contempladas en su web:
"The AHRC-funded project Wrongdoing in Spain 1800-1936: Realities, Representations, Reactions is in its first year. Cambridge University Library has an impressive and rich collection of what a are referred to in English as chap-books, and in Spanish as sueltos, or pliegos sueltos(loose leaves or folded loose leaves). These provide a fascinating bird’s eye view of popular culture from the 18th century onwards and show us versions of how forms of wrongdoing were perceived, or were presented to the populace as constructed forms of wrongdoing"
"El menda" presentando todo contento su comunicación. Foto de mi buena amiga Almudena Álvaro.
A continuación me tocó el turno para exponer mi comunicación. Mi ponencia era un resumen de una investigación que vengo realizando en archivos burgaleses desde hace un año buscando reconstruir la realidad material y las estrategias editoriales de los impresores activos en el siglo XVIII. Mi búsqueda en archivos, especialmente en la sección de protocolos notariales del Archivo Histórico Provincial de Burgos, me deparo el hallazgo de varios inventarios que junto al hallazgo de otros inventarios post-mortem localizados por Ángela Pereda López y Francisco Sanz de la Higuera, me permitieron profundizar en el conocimiento de sus trayectorias socio-profesionales. En mi ponencia principie con una exposición de los objetivos de mi investigación así como una lectura crítica de la bibliografía sobre el tema (escasa y casi siempre aportando un balance negativo) para iniciar el grueso de la ponencia. En ella destaque el crecimiento constante en valor y número de los menajes de los impresores, sobre todo las fundiciones de letras, al tiempo que su realidad económica pasaba de estar dominada por la precariedad y la dependencia de los encargos institucionales a gozar de una posición económica saneada favorecida por la apertura de nuevos mercados como Indias, cierto crecimiento económico y social así como nuevas fuentes de financiación, entre ellas, la participación del capital comercial en el negocio tipográfico. De forma paralela el estudio de los inventarios de estos impresores nos permiten observar como el stock editorial, es decir, aquellos impresos venales editados por los propios impresores, crece desmesuradamente tanto en valor como temática lo que denota una mayor capacidad de resistencia financiera que les permite involucrarse en mayores inversiones editoriales. A modo de ejemplo, comparar las existencias de dos impresores en los extremos cronológicos, Juan de Villar, que desarrolló su actividad en la primera mitad de siglo, y José de Navas, que se inició en el negocio tipográfico en 1766 hasta su muerte a principios del siglo XIX. Si el stock de Juan de Villar contaba con unos cinco o seis títulos cuyos ejemplares se tasaron en unos 2.000 reales, el stock de Navas contaba con unos 37.000 reales y la tasación casi alcanza los 25.000 reales. Con respecto a todos los impresos, éstos se caracterizaban por ser obras que contaban con numerosos reediciones, incluso desde el siglo XVI, ser económicamente accesibles a un segmento amplio de lectores, con una impresión descuidada y una materia prima de no demasiada calidad, y cuya temática se basaba en el protagonismo de las de ascética y devoción seguidas a partes iguales por las de instrucción y las de entretenimiento.
Portada de mi presentación en Powerpoint. Me permití adornar algunas diapositivas con elementos decorativos procedentes de impresos burgaleses aunque por lo general soy bastante sobrio en este tipo de documentos. Foto propia.
He de reconocer que la experiencia de presentar mi primera comunicación fue algo al principio aterrador debido a los nervios de verme juzgado por profesionales de semejantes trayectorias investigadoras (soy un maldito perfeccionista) pero luego se me pasaron según iniciaba la comunicación. El resumen de mi investigación presente en las diapositivas del Powerpoint me ayudó bastante pues me obligaba a desviar la mirada del público, mi público, para estar atento al ordenador. Pero según avanzaba la comunicación me sentí mucho más relajado e incluso me entró cierta exaltación -en un pase de diapositivas incluso me puse a tararear- por lo que mi exposición se volvió más natural al igual que mi lenguaje corporal -muy importante a la hora de trasmitir al oyente-. También ayudó bastante que la masa de caras en que se había convertido el público al inicio se fuera individualizando según hablaba pudiendo apreciar que muchos -recuerdo con cariño a Remedios Prieto a la que tenía enfrente- me seguían con interés y asentían con la cabeza. Ello me dio mucho coraje. He de decir que calcule muy mal la duración de mi presentación. En vez de estar los 20 minutos esperados, me extendí por diez más y podría haber seguido hablando por largo rato. Según consumía el tiempo reservado a preguntas, Antonio Carpallo, que presidía la mesa y que hacia la presentación de cada ponente -la mía, muy escueta, apenas nombre y procedencia-, me iba pasando papeles en los que decía con letra apresurada "te quedan 5 minutos" o ya el ominoso "acaba ya". Afortunadamente pude concluir cuando daba la hora de comienzo de la siguiente presentación. Y con un "muchos gracias" acabe mi comunicación. He de decir, nada modestamente, que el aplauso que siguió tuvo poco de cortesía. Lo dicho, una experiencia fantástica, tanto por ver la novedad de subir a un estrado a hablar y no a escuchar, estar al otro lado del "muro", como por la fantástica oportunidad que me ofreció la Asociación de presentar mi investigación en tan egregia compañía y escenario. ¡Me entran ganas de repetir!
Bueno, volviendo al tema original, presentar una comunicación es como hacer una carrera de atletismo si me permitís el símil: acabas exhausto tanto física como sobre todo mentalmente. Por ello no tuve oportunidad de prestar la atención requerida para escuchar la comunicación de Benito Rial, investigador independiente y secretario de la Asociación. En dicha ponencia exponía los objetivos de su última investigación, localizar y catalogar las góticas incunables presentes en impresos hispanos. La última comunicación centrada en el estudio de los elementos decorativos presentes en los impresos novohispanos a cargo de Marina Garone también corrió a cargo del Sr. Rial ante la ausencia de la ponente. Esta ponencia estuvo bastante interesante y me quede con ganas de conocer a la autora pues mis investigaciones sobre la imprenta burgalesa en el Setecientos me habían llevado a campos colindantes.
Lamentablemente no pude asistir como refería antes por motivos personales a las comunicaciones presentadas por la mañana del día 20 aunque me fastidió no acudir, sobre todo por las dedicadas al estudio de las encuadernaciones. No obstante me fui de Madrid con una imagen muy positiva de los congresos, encuentros, jornadas o como se las quiera llamar. Cuando estaba al otro lado del "muro investigador" las veía como un elemento más de las frivolidades que abundan en el mundo académico ideales para que muchos presentasen refritos y refritos de sus tesis y demostraran así lo listos que eran rellenando de paso su C.V. Pero ahora comprendo su importancia pues te dan la oportunidad de exponer tus investigaciones, someterlas a crítica sin la frustración que supone el rechazo de una revisión de una publicación científica, te permiten conocer profesores e investigadores con los mismos intereses y que se pueden convertir en actores de futuras colaboraciones o notables fuentes de información y sobre todo te dan tablas para enfrentarte a nuevos desafíos para el futuro. Recomendable.
Bueno, volviendo al tema original, presentar una comunicación es como hacer una carrera de atletismo si me permitís el símil: acabas exhausto tanto física como sobre todo mentalmente. Por ello no tuve oportunidad de prestar la atención requerida para escuchar la comunicación de Benito Rial, investigador independiente y secretario de la Asociación. En dicha ponencia exponía los objetivos de su última investigación, localizar y catalogar las góticas incunables presentes en impresos hispanos. La última comunicación centrada en el estudio de los elementos decorativos presentes en los impresos novohispanos a cargo de Marina Garone también corrió a cargo del Sr. Rial ante la ausencia de la ponente. Esta ponencia estuvo bastante interesante y me quede con ganas de conocer a la autora pues mis investigaciones sobre la imprenta burgalesa en el Setecientos me habían llevado a campos colindantes.
Lamentablemente no pude asistir como refería antes por motivos personales a las comunicaciones presentadas por la mañana del día 20 aunque me fastidió no acudir, sobre todo por las dedicadas al estudio de las encuadernaciones. No obstante me fui de Madrid con una imagen muy positiva de los congresos, encuentros, jornadas o como se las quiera llamar. Cuando estaba al otro lado del "muro investigador" las veía como un elemento más de las frivolidades que abundan en el mundo académico ideales para que muchos presentasen refritos y refritos de sus tesis y demostraran así lo listos que eran rellenando de paso su C.V. Pero ahora comprendo su importancia pues te dan la oportunidad de exponer tus investigaciones, someterlas a crítica sin la frustración que supone el rechazo de una revisión de una publicación científica, te permiten conocer profesores e investigadores con los mismos intereses y que se pueden convertir en actores de futuras colaboraciones o notables fuentes de información y sobre todo te dan tablas para enfrentarte a nuevos desafíos para el futuro. Recomendable.
sábado, 28 de diciembre de 2013
Fragmentos (I). No sólo una recensión.
Más que una recensión, un canto quebrado a la profesionalidad de tantos buenos investigadores que pese a subsistir en el barro marginal que deja el protagonismo en subvenciones y arrogancia de las universidades siguen ofreciendo con esfuerzo y dignidad estupendas obras. Y también una alerta ante la ya inevitable pérdida de una generación de investigadores.
"En estos tiempos que corren, de continuos recortes a las labores investigadoras, y de un fuerte descrédito social sobre las humanidades, dedicarse a una actividad intelectual tan noble como el de producir conocimiento sin ninguna virtualidad práctica, constituye toda una heroicidad desde el punto de vista intelectual, tanto más cuanto que todo ello no va a generar ninguna gratificación académica, habida cuenta del fuerte grado de cerrazón que padece una institución universitaria en la cual la capacidad de relevo generacional se ha reducido al mínimo, y en la que, en muchos casos, sobre el último superviviente va a recaer la ingrata tarea de clausurar el edificio. Dado este panorama, de suma oscuridad, pero es en el que nos ha tocado vivir, resulta de todo punto admirable seguir encontrando a personas que de una forma absolutamente desinteresada persistan en su dedicación a las encomiables y sanas tareas de saber y de conocer, aunque solamente sea por curiosidad intelectual o por una mera gratificación personal. Si a ello le añadimos un producto intelectualmente bien concebido, y formalmente bien presentado, la admiración es doble"
MORGADO, Arturo. María Ruiz Ortiz: Pecados y vicios en la Andalucia moderna (siglos XVI-XVIII). Un retrato móvil de la vida cotidiana. Trocadero, nº 25 (2013).
viernes, 19 de abril de 2013
Comentario de texto: “Consulta del Reverendísimo Padre Maestro Sobrecasas al Rey Nuestro Señor”
“Consulta del Reverendísimo Padre
Maestro Sobrecasas al Rey Nuestro Señor”, en Semanario Erudito que comprende
varias obras inéditas, críticas, morales, instructivas, políticas, históricas,
satíricas, y jocosas de nuestros mejores autores antiguos y modernos. Dalas a
luz don Antonio Valladares de Sotomayor, Madrid, 1789, tomo XXIX,
pp. 177-199.
"La guerra de España contra Francia es justísima por los tres principios que prescriben los teólogos con Santo Tomás, esto es: autoridad pública, justa causa e intención recta. Pues es notoria la pública potestad, es constante la justicia en el resarce y vindicación de los agravios que ha padecido España con la perjura infidelidad de franceses tomando a Luxemburgo, inquietando, con el pretexto de los padrones y confines limitáneos, la provincia y plaza de Namur y devastando los países de Flandes, Cerdeña y el Ampurdán con hostilidad sangrienta, contra el derecho de la paz jurada. La intención recta es muy clara, pues viéndose España amenazada del poder vecino de Francia en las dos fronteras de Navarra y Cataluña, y teniendo costosas experiencias de sus invasiones aceleradas y repentinas, rectifica España la intención con la natural defensa y con la justa recuperación de las plazas perdidas. No pretende España con la guerra alentar y promover las fuerzas de los hugonotes y calvinistas ocultos de la Bretaña, Guyena y Normandía, ni aumentar el poder de los herejes de Inglaterra y Holanda; sólo mira España la inculpada tutela de su causa pública, que tiene por fin el resarce de sus derechos, siendo fuerza de su intención cualquiera otra consecuencia de daños, pues la intención recta militar se define en el deseo de promover el bien y evitar el público mal, que se verifica en las máximas de España, cuya prudencia monárquica no se desregla con la ansiosa y violenta ambición de otros reinos, y asida segura y pacífica vecindad con su dominio a los reinos comarcanos”
----------------------------------------------------------------
Nos encontramos
ante un texto histórico de carácter subjetivo, ya que se trata de una consulta,
un dictamen que en la Edad Moderna consejos, tribunales u otros cuerpos o
individuos daban por escrito al rey sobre un asunto que requería su real
resolución. En este caso concreto el dictamen estaría dado por un individuo, el
Padre Maestro Sobrecasas, quien responde al monarca español, Carlos II, con su
parecer sobre la justificación que se debía adoptar frente a las hostilidades
francesas. No debemos olvidar señalar que con su inclusión en una publicación
periodística de finales del siglo XVIII la naturaleza y consideración de dicho
texto fueron modificadas. Este aspecto es aun más reseñable dada la orientación
y objetivos del Semanario Erudito.
En el escrito,
Sobrecasas adopta un estilo impersonal y burocrático propio de un documento
oficial, por ejemplo un tratado o la correspondencia con otra nación; ello es
claramente apreciable en el empleo como sujeto de la narración de “España”
("…pues viéndose España amenazada del poder"; "…rectifica
España…"; "sólo mira España la inculpada tutela") y en el
uso de argumentos racionales (“La guerra de España contra Francia es justísima
por los tres principios que prescriben los teólogos…”) si bien no puede dejar
de emplear ocasionalmente el recurso al sentimiento presente en adjetivos como
“sangrienta”, “ansiosa” o “violenta”.
En cuanto al
autor, lo hemos podido identificar con Francisco Sobrecasas. Las principales
noticias sobre su persona nos las ofrece la Enciclopedia Espasa (1966: t. LVI,
p. 1167). Siguiendo a ésta, Francisco Sobrecasas fue un prelado español nacido
en La Puebla de Alfinden y muerto en 1698. Tomó el hábito de Santo Domingo en
el convento de Zaragoza, y después de haber sido examinador sinodial de los
arzobispados de Toledo y Zaragoza y predicador de Carlos II, fue presentado por
el monarca para la archidiócesis de Caller (Cerdeña), en la que dejó gratos
recuerdos de su vigilancia pastoral y de su beneficencia. Entre sus obras se
cuentan un buen número de sermones impresos escritos con motivo de
celebraciones religiosas o civiles así como varios manuscritos. Nos encontramos
por tanto, a tenor de su biografía, ante un personaje inmerso en los
acontecimientos de la época, con una educación en esencia escolástica debido a
su formación monacal, y cercano a la corte y los intereses del monarca, no sólo
como predicador real –una codiciado cargo cuyo fin era difundir en la sociedad
española los postulados ideológicos emanados desde la monarquía- sino también como
consejero del rey al que éste realiza consulta sobre temas delicado como el que
nos ocupa y que le valió como recompensa un obispado en Cerdeña.
Respecto a la
datación de dicho escrito lo podemos situar en fechas inmediatamente
posteriores a 1694, posiblemente ese mismo año, debido a que Francisco
Sobrecasas referencia en su Consulta una serie de episodios pertenecientes a la
Guerra de los Nueve Años y a sus desencadenantes que enfrentó entre 1688 y 1697 a la Francia de Luis
XIV contre la Liga de Augsburgo, coalición formada por Inglaterra, Austria,
España y las Provincias Unidas; así se nombran en las líneas 5-7 diversas
agresiones del país galo a posesiones hispanas: la anexión de la ciudad libre
de Luxemburgo en 1684, la política de las “reuniones” desarrollada por Luis XIV
(“…inquietando, con el pretexto de los padrones y confines limitáneos…”), la
captura de Namur, ciudad de Valonia, en 1692 (“…la provincia y plaza de Namur…”)
o la invasión de Cataluña desde 1690 y, en concreto, la conquista de Gerona en
1694 (“...devastando los países de Flandes, Cerdeña y el Ampurdán…”).
En cuanto a su
destinatario, se trata de Carlos II El Hechizado (1661-1699). Hijo de Felipe
IV, fue el último monarca de la casa de los Austrias en España. De naturaleza
débil y enfermiza, no tuvo descendencia y testó a favor de Felipe de Anjou,
nieto de Luis XIV de España. A su muerte se desencadenó la Guerra de Sucesión.
En el fragmento
estudiado, fray Sobrecasas aconseja a Carlos II sobre el tipo de respuesta que
a nivel jurídico y diplomático debía adoptar la monarquía hispánica frente a su
participación en la guerra de los nueve años como enemiga de Francia no sólo en
sus relaciones con las otras potencias europeas sino también para con sus
propios súbditos que podían cuestionar la contradicción existente en la
inclusión de España en la liga de Augsburgo en la que militaban estados
protestantes y la defensa real de los principios del catolicismo. Sobrecasas
excusa la alianza de la monarquía española con príncipes protestantes en base a
varios argumentos. A lo largo del texto el aragonés presenta esta la entrada de
España en la guerra como una razón de estado que entiende este conflicto como
una guerra defensiva destinada a conservar la integridad territorial; al ser
una razón de estado la tradicional defensa de catolicismo o la animosidad
contra los protestantes se obvian en función de un interés superior. Para ello bebe
del concepto medieval de guerra justa teorizada por Santo Tomás de Aquino,
célebre “autorictas” dominico italiano del s. XIII, en su magna obra Summa
Theologica y desarrollado con posterioridad junto con otros conceptos de honda
trascendencia como derecho natural o bien común en el campo del incipiente
derecho internacional por teólogos españoles del XVI como Ginés de Sepúlveda,
Francisco Suárez o Vitoria entre otros ("…por los tres principios que
prescriben los teólogos con Santo Tomás…").
El religioso da
peso a estos tres principios ilustrándolos con experiencias pasadas de las
relaciones españolas con Francia. El primer principio, “autoridad pública”, es
decir, la persona (el príncipe o el Estado) sobre la que recae la competencia
para declarar la guerra, sólo es nombrado ya que se da por sobreentendido
debido al destinatario del documento.
En cuando a los
otros dos, el religioso abunda más en ellos. El segundo principio, “justa causa”,
entendida como el derecho a castigar o vengar una injuria o una agresión, es
explicado por el religioso recordando pasadas agresiones francesas a los
territorios españoles y de sus aliados sin que precediera declaración previa ni
se le reconociese derecho para la guerra al existir tratados de paz (“el
resarce y vindicación de los agravios que ha padecido España con la perjura
infidelidad de los franceses… con hostilidad sangrienta, contra el derecho de
paz jurada”). Sobrecasas aprovecha esta segunda condición para presentar la
participación española en este conflicto como resultado de una guerra defensiva
encaminada a conservar la integridad de sus territorios de la ambición
imperialista gala (“rectifica España la intención con la natural defensa y con
la justa recuperación de las plazas perdidas…”).
La tercera
condición tomista esgrimida es la “intención recta” definida como la obligación
de los beligerantes de promover el bien y evitar el mal, es decir, que
emprendan una guerra no por codicia sino por el deseo de la paz. Sobrecasas
aprovecha esta condición para incidir de nuevo en el carácter defensivo del belicismo
español y se detiene a explicar que España no busca en este conflicto ni
beneficios territoriales ni religiosos, sólo la recuperación de los territorios
que la pertenecen por derecho con la que Europa recuperara la paz perdida –el
bien tomista-. Sobrecasas también hace referencia en este último principio a la
incoherencia nacida entre una monarquía que defiende el catolicismo y su
colaboración con príncipes protestantes en la guerra contra un príncipe
católico saliendo al paso de las futuras críticas vertidas por la propaganda
francesa –de ahí la minuciosa referencia a los “calvinistas ocultos de la
Bretaña, Guyena y Normandía”- y también por sus propios súbditos; el religioso
aragonés niega rotundamente que dicha guerra tenga por objetivo favorecer a los
protestantes y se excusa de nuevo en el carácter defensivo adoptado por España
y su búsqueda de la “segura y pacífica vecindad con su dominio a los reinos
comarcanos”, o sea, de la paz.
Aunque este
texto estaba destinado a una reducida audiencia personada en el monarca y sus
más allegados, su redacción es un elocuente exponente de la publicística hispana
producida durante la Guerra de los Nueve Años y estudiada por Antonio Espino.
Según éste (1992: 175) la impresión de numerosos libelos durante estos años
respondió a dos factores: “por un lado, la justificación de la guerra por el
interés común frente a la ambición francesa y su deseo de alcanzar la Monarquía
Universal, y, por otro lado, la defensa de que aquella guerra no era de
religión, siendo lícita, entonces, la unión de católicos y protestantes frente
al enemigo común…”.
Finalmente,
entre otros aspectos interesantes de la Consulta del Padre Sobrecasas cabe
citar su inclusión por el periodista Antonio Valladares dentro del Semanario
erudito. Para Ramón Baldaqui (1984: 339-386) se trata de una publicación con
una marcada ideología regalista. Este pensamiento tenía por objeto el
reforzamiento del poder real mediante la atribución al monarca del mayor número
de competencias en materia eclesiástica. Es de presuponer que la inclusión de
la Consulta obedeció a una relectura de la misma en la que no se valoraba el
tipo de justificación de la participación española en la Guerra de los Nueve
Años sino que en ella se demostraba que con anterioridad ya se habían desplazado
los intereses religiosos a un factor superior, la razón de Estado, precisamente
el objetivo perseguido por el regalismo carolino.
El valor del
texto de Sobrecasas reside no tanto en la argumentación empleada –una muestra
más de la pervivencia de la escolástica en el pensamiento hispano ajeno a las
novedades intelectuales europeas- sino porque nos permite estudiar la adopción
por parte de la monarquía hispánica de un nuevo discurso en las relaciones
internacionales marcado por una progresiva estatalización tendente a subordinar
los intereses religiosos a los de Estado; la defensa de las Cristiandad
presente en los reinados de los Austrias anteriores había quedado atrás. Este
discurso presagia la nueva diplomacia del siglo XVIII que en España vendrá
significado por el cambio de dinastía. Hay que destacar asimismo que la Consulta
es un exponente muy claro de la propaganda aliada desarrollada durante la
Guerra de los Nueve Años en contra del imperialismo galo así como un revelador
ejemplo de mecanismos de gobierno operativos con los Austrias.
Bibliografía:
ÁLVAREZ LÓPEZ,
Ana. Los negocios de Luis XIV en Madrid: La acción de sus embajadores en la
corte madrileña en Revista de historia moderna, nº 25, 2007, pp. 179-206.
BAQUÉS QUESADA,
Josep. La teoría de la guerra justa: una propuesta de sistematización del “ius
ad bellum”. Editorial Aranzadi, 2007, en especial, Cap. 2: De santo Tomás a los
clásicos (Vitoria, Grocio, Vattel), págs. 55 y ss.
BALDAQUÍ
ESCANDELL, Ramón. El regalismo en el Semanario Erudito de Valladares, en Revista
de Historia Moderna, nº 4, 1984, pp. 339-386. - Descarga disponible en el
repositorio de la Universidad de Alicante.
BARROS VAN
BUREN, Mario. El derecho a la guerra / La teoría de la guerra justa según los
escolásticos clásicos. Santiago de Chile, 1959.
ESPASA. Enciclopedia
universal ilustrada europea-americana, t. LVI, ed. Espasa-Calpe, 1966, pág. 1167,
entrada “SOBRECASAS, Francisco”.
ESPINO LÓPEZ,
Antonio. Publicística y guerra de opinión. El caso catalán durante la guerra de
los nueve años, 1689-1697 en Studia Historia. Historia Moderna, nº 14, 1992,
págs. 173-189.
MARTÍNEZ
ARANCÓN, Ana. La visión de la sociedad en el pensamiento español de los siglos
de Oro, UNED, 1987, en especial, cap. IV: Principios de actuación política
(págs. 51 y ss.); Cap. V: Política y religión (págs. 63 y ss.) y Cap. VII: La
guerra y la paz (págs. 93 y ss.).
RIBOT, Luis. Las
guerras europeas en la época de Luis XIV (1661-1715) en FLORISTÁN, Alfredo
(coord..), Historia Moderna Universal, Ed. Ariel, 2011, cap. 20, págs. 476 y
ss.
SCHAUB,
Jean-Fréderic, La Francia española: las raíces hispanas del absolutismo francés,
Ed. Marcial Pons, 2004.
lunes, 11 de marzo de 2013
Recensión Alfonso de Valdés: "Diálogo de las cosas acaecidas en Roma"
Alfonso de VALDÉS. DIALOGO DE LAS COSAS ACAECIDAS EN ROMA
- Breve reseña del autor destacando su papel histórico y su obra literaria
Nacido en el seno de una familia noble con ascendencia conversa –estigma que le perseguirá a él y varios de sus familiares a lo largo de su vida-, Alfonso o Alonso de Valdés (Cuenca, 1490-Viena, 1532) fue unos de los más significados representantes de la corriente erasmista en España. Su padre, de origen asturiano, fue regidor perpetuo y procurador en Cortés de Cuenca. Desde joven, Valdés había entrado en contacto con las corrientes humanísticas siendo introducido en los estudios literarios por el historiógrafo real Pedro Martír de Anglería, si bien no parece que llegara a recibir una formación universitaria. Introducido en la corte imperial como segundón de una noble familia, entrara a formar parte del personal subalterno de la Cancillería. Su carrera va a ser meteórica. De simple escribano en 1521, en 1525 es nombrado por el emperador secretario de cartas latinas. A partir de entonces redactaría importantes documentos oficiales relacionados con la política exterior carolina; a modo de muestra, Investidura é infeudación del ducado de Milán (1524); Relación de las nuevas de Italia... (1529); la carta del emperador a Jacobo Salviati (1527) sincerándose del asalto y saqueo de Roma; la carta al rey de Inglaterra sobre lo mismo, y la Liga Clementina; la respuesta al desafío al emperador de los reyes de Inglaterra y Francia (1528); el Tratado de paz con Clemente VIII en Barcelona (1529); etcétera. Desde 1520, Valdés acompaña a la Corte por Europa, encontrándose en Alemania cuando estalla la Reforma por la que parece sentir escasa simpatía. A lo largo de su carrera se esforzará por evitar la ruptura espiritual cristiana, uniendo a la idea imperial el sueño de una reforma religiosa inspirada en Erasmo. En esta línea entablará conversaciones con el humanista protestante Melanchton durante la Dieta de Augsburgo. Valdés no llegará a ver materializado sus esperanzas de un concilio general como solución al conflicto protestante, pues muere en Viena de peste a los cuarenta y dos años de edad.
Respecto a su actividad como literato, Valdés, en el marco del saco de Roma de 1527, escribirá el Diálogo entre Lactancio y un Arcediano, más conocido por el Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, obra que analizaremos detenidamente más adelante. En su segunda gran obra, Diálogo de Mercurio y Carón (1529), Valdés justifica a Carlos V frente a sus rivales, Francisco I, Enrique VIII y al propio Papa. Más allá del trasfondo político, el verdadero interés de la obra radica en la crítica que hace de la sociedad de la época, acorde con los planteamientos erasmistas. El dialogo es protagonizado el barquero Carón y el mensajero de los dioses, Mercurio.
- Lectura y comentario del libro
VALDÉS, Alfonso de: Diálogo de las cosas acaecidas en Roma; edición de Rosa Navarro Durán, Madrid: Cátedra, 1994.
Junto a musulmanes y protestantes, Francia se yergue como uno de los principales enemigos a las aspiraciones imperiales de Carlos V de Alemania y I de España. El enfrentamiento entre las dos potencias, que contaba con una larga tradición iniciada con los RR.CC. y las guerras en Italia, vuelve a estar presente prácticamente desde los primeros momentos del reinado carolino sumándose a los intereses político-estratégicos la rivalidad personal entre Francisco I y el monarca Habsburgo. 1521 marcará el estallido de la primera de las cuatro guerras entre ambos monarcas. La invasión francesa de Flandes y de Navarra desencadenó los acontecimientos. La suerte le será favorable a las armas imperiales que vencieron reiteradamente a Francisco I en tierras italianas. Entre otros hitos de estas batallas se cuentan la recuperación del estratégico ducado de Milán y el ascenso al solio del antiguo preceptor del emperador, Adriano de Utrech. El fallido intento francés por recuperar Milán acabó en desastre y con el monarca galo camino de Madrid tras caer prisionero en batalla. Francisco I se avino a la paz, pero rápidamente, al poco de ser liberado, formó una coalición anticarolina conocida como Liga de Cognac o Clementina, integrada además de por Francia e Inglaterra, por distintos estados italianos, incluido los pontificios de Clemente VII. Seguramente la piedra angular de esta confrontación fue el llamado Sacco de Roma, saqueo de la Ciudad Eterna protagonizado por tropas imperiales, la mayoría alemanas, al mando del condestable de Borbón, las cuales, ante el retraso en sus pagas, se entregaron al pillaje con desenfreno, tras la muerte del Condestable. Meses antes, la ciudad papal también había sufrido un primer pillaje a manos de las tropas españolas e italianas dirigidas por Hugo de Moncada. El Papa, refugiado apresuradamente en el Castillo de Sant-Angelo, se vio forzado a claudicar.
El impacto del sacco de Roma repercutió en toda la Cristiandad. Nunca antes la Ciudad Eterna había sufrido tanto. Había quedado desolada. De sus 50.000 habitantes antes del Sacco, se calculaba que una cuarta parte de la población había muerto, mientras que otra gran parte había huido de la ciudad buscando salvar su vida. Numerosas viviendas y edificios públicos habían sido destruidos o incendiados. Las iglesias, cementerios y reliquias habían quedado profanados. Los daños materiales se cifraban en unos diez millones de ducados, cantidad elevadísima en aquella época. Un castellano, testigo de los hechos, consideró que Roma tardaría siglos en recuperar su perdido esplendor. Para encontrar un suceso similar habríamos de retrotraernos a las invasiones bárbaras, siglos antes y ejecutadas por paganos; pero en este momento los contemporáneos se encontraron con que la capital de la Cristiandad había sido cruelmente destrozada y humillada por las fuerzas de aquel que intitulaba defensor de la Cristiandad. Ello explica la enorme conmoción de la opinión pública. Los relatos de los cronistas coetáneos dan buena cuenta de ello. Incluso el propio Carlos V mostró públicamente su pesar por lo sucedido: “Sobrado pesar y tristeza –dice el cronista Santa Cruz- tomó el Emperador con aquella nueva en que por manos de su ejército hubiera sido la santa ciudad de Roma saqueada y su muy fiel amigo el duque de Borbón muerto”. Sin embargo, no todas fueron reacciones desfavorables al acontecimiento; así, Fernando, hermano del Emperador, veía en el Sacco de Roma algo muy favorable a los intereses imperiales. Otros consideraban que el sacco de Roma era la materialización de la justicia divina que castigaba así los pecados de Roma y achacaban parte de la responsabilidad de los hechos al pontífice.
Pronto veremos sus consecuencias en un recrudecimiento de la guerra. El frustrado intento de Francisco I de aprovechar el clima antimperial existente tras el saqueo de Roma se tradujo en la conquista de Génova. Sin embargo, el éxito de esta campaña se vio empañado por la defección de Doria al bando imperial lo que empujaría a Francia a buscar la paz. Igualmente la necesidad de aprovechar, explicar o criticar este acontecimiento generó una propaganda a favor y en contra del emperador. He aquí los prolegómenos a la redacción del Dialogo de Lactancio y un Arcediano, obra objeto de nuestro estudio también conocida como Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, y que tendría un digno sucesor, si bien incorporando las últimas novedades, en el segundo dialogo de nuestro autor, Diálogo de Mercurio y Carón. Dichas obras cobran protagonismo dentro de la publicística imperial que pretendió dar una versión propia de lo ocurrido. A los diálogos de Alfonso de Valdés se unen distintas cartas escritas a soberanos europeos, entre ellos Enrique VIII de Inglaterra y Francisco I de Francia, escritas igualmente por el funcionario conquense. Dada esta actuación junto con su condición de humanista, con frecuencia al servicio de los poderosos tanto laicos como eclesiásticos y su fidelidad a quien debe el prestigiado cargo que ocupa, no cabe sino considerar a Alfonso de Valdés una pieza clave de la propaganda imperial organizada en torno al canciller Gattinara. Actuaciones posteriores nos refuerzan esta impresión. Así, poco después, encontramos su nombre como autor de la respuesta al desafío de los reyes de Inglaterra y Francia al Emperador (1528); el Tratado de Paz con Clemente VIII en Barcelona (1529); etcétera. Para concluir esta afirmación encontramos a Alfonso de Valdés relacionado con la redacción de unos escritos y justificaciones enviados a Margarita de Saboya, gobernadora de los Países Bajos, con el encargo de que los difunda por Inglaterra esperando una opinión pública proclive a la paz, o siendo muy optimistas, una rebelión contra el gobierno del cardenal Wolsey; pero mejor cedamos el protagonismo al colorido de un testimonio de una época. Según la carta de Carlos V a su tía estos escritos de propaganda “que ahora enviamos, a fin de que los buenos ingleses vean que se nos quiere hacer la guerra contra razón, y que el cardenal de Inglaterra es el culpable de todo, así como de querer hacer el divorcio entre el rey y la reina, mi buena tía,..” [1].
Una vez que hemos insertado el devenir intelectual de Alfonso de Valdés dentro del proyecto de propaganda imperial, la lectura del Diálogo nos permite superar la mera epidermis del libro para profundizar en los objetivos de su autor.
El escritor conquense articula su obra en dos coordenadas: por un lado, exculpar al Emperador de lo sucedido (“Lo primero que haré será mostraros cómo el Emperador ninguna culpa tiene en lo que en Roma se ha hecho”); y por otra, hacer ver en el Papa el principal responsable interpretando el sacco de Roma como un castigo divino por los pecados de la Iglesia y una advertencia para que reformemos nuestras costumbres (“Y lo segundo, cómo todo lo que ha acaecido ha sido por manifiesto juicio de Dios, para castigar aquella ciudad, donde con grande ignominia de la religión cristiana reinaban todos los vicios que la malicia de los hombres podía inventar...”). Nuestro autor sale al paso de las críticas de la opinión pública por lo sucedido o “acaecido”: “no me maravillo de los falsos juicios que el vulgo hace sobre lo que nuevamente ha en Roma acaecido”. En el prólogo ataca inteligentemente a aquellos que utilizan el sacco de Roma como un arma arrojadiza contra Carlos V y su política exterior al identificarles como el “vulgo”, los “supersticiosos y fariseos”, “gentiles” o “gente bruta” afirmando que sus palabras no están hechas para sus ojos y si para los “verdaderos cristianos y amadores de Jesucristo” y “españoles”. El recurso a la antítesis, la oposición, el enfrentamiento entre dos partes,… será una constante en esta obra. Incluso la propia estructura de la obra se ve afectada; así los Diálogos… excluyendo al prólogo se articulan en un esqueleto bimembre, dos partes. Valdés aprovecha también el prólogo para delimitar el objetivo último de su obra que no es sino depurar responsabilidades de lo sucedido explicando correctamente los hechos alejándose de la primera y emotiva impresión tan propia del “vulgo, que está tan asido a las cosas visibles que casi tiene por burla las invisibles” –el texto abunda en expresiones similares- para finalmente exculpar a Carlos V (“la honra de este cristianísimo Rey y Emperador que Dios nos ha dado…”). En dicho texto Valdés se anticipa a las futuras y previsibles críticas a su obra –las más extremas, casi seguro acusaciones de herejía y connivencia con el protestantismo- al declamar a los lectores que “si alguna falta en este Diálogo hallares… no presuman de creer que en ella intervenga malicia, pues en todo me someto a la corrección y juicio de la santa Iglesia…”. Líneas más adelante, ya en la primera parte de la obra, Lactancio volverá a evitar la acusación de protestante al declarar que “ninguna cosa de lo que aquí se dijere se dice en perjuicio de la dignidad ni de la persona del Papa”.
Por último, antes de entrar a analizar la obra, me gustaría hacer un breve inciso –no pretendo tampoco profundizar en veredas filológicas ajenas a nuestro cometido- para señalar el porqué de la elección del diálogo como formato de la obra. Primero, la elección del diálogo posiblemente responda a dos imperativos culturales presentes en Alfonso de Valdés. Por un lado, la corriente humanística en la que está inmerso Valdés le lleva a ver en el diálogo, género literario por el que sentían una gran predilección los antiguos (Platón, Luciano de Samosata, Cicerón,...) y que sería recuperado por el Renacimiento tras el paréntesis medieval, el recurso apropiado para expresar sus ideas en consonancia con los gustos culturales de la época. Otra influencia que pesó en la elección de una obra dialogada fue el ascendiente ejercido por su admirado maestro Erasmo y el ejemplo de sus Coloquios... Un segundo factor presente en la elección de una forma dialogado fue las ventajas que dicho género literario ofrecía a los propósitos del autor; el diálogo es la forma más apropiada para exponer impresiones muy diferentes y discutir ideas opuestas por medio de una conversación entre dos o más personajes. Asimismo el diálogo permite a los escritores –caso de Valdés y sus punzantes críticas hacia la Iglesia- exponer su opinión en boca de otros, evitando que se le acuse de defender esas ideas [2].
Con respecto a los personajes de dicha obra, son dos, polos opuestos en cuanto a carácter, que vuelven a presentar la antítesis tan del gusto de nuestro autor. Por un lado, encontramos a un tal Lactancio que como “caballero mancebo de la corte del Emperador” es el alter ego de Valdés, su voz literaria a través de las que expone su defensa de Carlos V y reparte las culpas a los verdaderos responsables, el Papa y la deriva moral de la Iglesia. Su compañero en el diálogo es el “Arcediano del Viso”, quien llega a Valladolid –ciudad en la que se encontraba la Corte- desde Roma, a donde había acudido a pleitear por unos beneficios eclesiásticos viéndose envuelto en el sacco de Roma y obligado a huir disfrazado de soldado tras perder todos sus bienes. El Arcediano representa un papel muy claro: el de miembro de una Iglesia corrupta contra los que tanto tronaba Erasmo. A lo largo de la obra conoceremos más de este personaje: veremos su corta piedad, reducida a formas exteriores de religiosidad, su ambición por acaparar nuevos beneficios eclesiásticos, su tácita aprobación hacia la simonía y el amancebamiento de sacerdotes, pecado en los que este eclesiástico deja traslucir que participa,.., etc. Vemos así en el Arcediano y en sus tremebundas narraciones del saqueo (violaciones, profanaciones, robos,…) –el único punto en el que se muestra locuaz (en la mayoría de sus intervenciones en el resto del Diálogo casi se limita a confirmar las acusaciones de Lactancio y a formularle los interrogantes precisos con cuya respuesta podrá defender a su Emperador)- una síntesis de todos aquellos críticos con el Emperador, piadosos por fuera y profundamente corrompidos por dentro. Sin embargo, no todo en el Arcediano nos conduce a la desesperanza. A lo largo del Diálogo vemos que si bien el Arcediano empieza con una actitud cínica –casi algo chulesca- acaba confirmando las críticas de Lactancio y aceptándolas significando con este cambio de actitud una luz de esperanza; la luz que moverá a hombres como Valdés a propugnar la defensa de una reforma moral de la Iglesia y a defender la celebración de un concilio que materialice estas expectativas y marque el fin de la desunión de los cristianos. Igualmente la amistad que une a dos personajes tan opuestos (“¿Es aquel el Arcediano del Viso, el mayor amigo que yo tenía en Roma?”) y que les permite llegar a un cierto consenso a través de una conversación educada y razonable y no mediante la fuerza de las armas no hace sino proyectar estas esperanzas de unión entre los cristianos-.
Pasado el prólogo, Valdés introduce al lector en el meollo de su argumentación. Antes de introducirnos nosotros también, hay que tener en cuanta la profunda influencia erasmista que destilan muchas de las afirmaciones de Lactancio quien utiliza como recurso para salvaguarda la “honra” de su señor, Carlos V, muchas de las críticas del pensador de Rotterdam a la religiosidad exterior y a la decadencia moral y corrupción de los representantes de la Iglesia, si bien la inclusión de dichas críticas responde también al deseo de Valdés y de una parte de la sociedad europea de emprender una reforma espiritual que acabe con estas realidades que afean a la Iglesia y causan el desanimo entre los creyentes. Es por este aspecto por el que la obra de Valdés trasciende la frontera de una obra meramente propagandística, eso sí excelentemente planteada, para convertirse igualmente en el borrador de un proyecto de reforma religiosa que haga ver en los lectores la necesidad de acabar con la corrupción en la Iglesia y sus representantes. La argumentación del burócrata carolino se desarrolla en dos partes.
En la primera parte del Diálogo...Valdés-Lactancio se esfuerza en rechazar cualquier tipo de responsabilidad del emperador en lo sucedido mientras intenta explicar las causas últimas que ocasionaron el saqueo (“Lo primero que haré será mostraros cómo el Emperador ninguna culpa tiene en lo que en Roma se ha hecho”). Una de las primeras críticas del Arcediano cuestiona el carácter cristianísimo que se arrogan los monarcas hispánicos pues esto ha devenido en pura hipocresía viendo lo sucedido en Roma: “¡Tantas iglesias, tantos monasterios, tantos hospitales, donde Dios solía ser servido y honrado, destruidos y profanados! ¡Tantos altares y aun la misma iglesia del Príncipe de los Apóstoles, ensangrentados! ¡Tantas reliquias robadas y con sacrílegas manos maltratadas!” Similares descripciones del saqueo aparecerán en otras líneas de esta obra constituyendo un fiel muestrario de las opiniones que corrían por Europa en aquellos momentos. Una vez más, el inteligente Valdés, en vez de minimizar o directamente negar estas imágenes de sangre y destrucción, las aprovecha a su favor en su argumentación. Casi puede decirse que Lactancio empuja a su amigo a recrearse en las descripciones de aquellos fatídicos días. Al trasladar con su obra la responsabilidad de lo ocurrido al Papado y los cristianos corruptos, cuanta más cruenta la escena, más se fortalecen sus argumentos en el imaginario intelectual y también popular.
Una vez situada la escena, Valdés procede a sustentar su tesis (la negación de la responsabilidad del Emperador en el saqueo de Roma) por medio de varias ideas que desarrolla en la conversación entre Lactancio y el Arcediano. La primera y quizá más importante es la que achaca a la autoridad temporal del Papa parte de la responsabilidad de los hechos. Respondiendo a este propósito Lactancio pasa a definir con su amigo el Arcediano las funciones que conllevan los cargos del Emperador y del Papa (“qué oficio es del Papa y qué oficio es el del Emperador”) concluyendo, por un lado, que las primitivas responsabilidades del Papa (promover la paz y el amor entre cristianos principalmente) se han visto subvertidas por los excesos cometidos en el ejercicio de su autoridad temporal; y por otro lado, que el saqueo de la capital de la cristiandad respondía a la defensa de sus súbditos por el Emperador, quien al contrario del Papa si cumple con las obligaciones inherentes al cargo lo que le exime de cualquier crítica, al contrario de Clemente VII quien ha confundido su autoridad espiritual con la temporal atentando contra sus verdaderas funciones al promover mediante su participación en la Liga de Cognac la guerra y el odio entre cristianos (“¿y eso hacia el Papa como vicario de Cristo como Julio de Medicis?”). Líneas más adelante prosigue su argumentación pasando a criticar la decadencia moral de los religiosos “perniciosos a toda la república cristiana con vuestro ejemplo”. La gravedad de sus pecados y vicios es, a juicio de Lactancio-Valdés, mucho peor que la de los laicos pues estos “no hacen profesión de Ministro de Dios,... ni tienen de comer por tales....”, es decir, viven a costa de su condición de sacerdote sin desempeñar adecuadamente sus tareas. Después, Valdés abandona momentáneamente la crítica a la deriva moral de la Iglesia y ofrece de boca de Lactancio la versión imperial de la ocupación de Milán y la expulsión de Francisco Sforza a quien se le acusa en el texto de traicionar a Carlos V, a quien había jurado fidelidad, y de entablar conversaciones con los enemigos del Emperador. En líneas posteriores Lactancio vuelve a criticar la autoridad temporal del Papa tras haber declarado el Arcediano que fue la defensa de sus territorios ante la amenaza del ejército imperial el que movió al Papa a coaligarse con Francia e Inglaterra contra el Emperador. Tras nuevas críticas a la Iglesia puestas en boca de Lactancio (“¿No sabéis que en toda la Cristiandad no hay tierras peor gobernadas que las de la Iglesia?”) que no buscan otra cosa que descalificar el derecho del Papa a otro gobierno –temporal- que no sea el derivado de su autoridad eclesiástica, el “caballero mancebo” desmiente que el Emperador diese la orden de atacar y saquear Roma para a continuación volver a incidir en la pérdida de autoridad temporal e incluso espiritual del Papa al promover y participar en guerras entre cristianos contradiciendo los propios principios de la Iglesia lo legitima la actuación del Emperador: “Pues si él con guerras quiere matar y destruir sus propios hijos, ¿no os parece que hace muy gran misericordia, así con él como con sus hijos, el que le quiere quitar el poder para que no lo pueda hacer?”. El resto de la primera parte del Diálogo... se consume entre mutuas acusaciones entre Lactancio y su amigo quienes vuelven a abundar en la cuestión en la responsabilidad del Sacco. A estas alturas los convincentes argumentos de Lactancio empiezan a hacer mella en la defensa del Arcediano cuyos argumentos pierden fuerza y traslucen una cierta desesperación pues el eclesiástico incluso trasluce una tacita aceptación del inculpabilidad del Emperador e intenta buscar más allá del Emperador y por supuesto del Papa un cabeza de turco al que se le pueda responsabilizar de la guerra que condujo a tan trágicos acontecimientos; así en esta última fase de la conversación se propone como responsables al colegio cardenalicios, a la traición de los coloneses, etc,... Sin embargo, Lactancio no se aviene ya a razones y se empecina en una sola idea: el saqueo de Roma por las tropas imperiales no se hubiera producido si el Papa no hubiese entrado en guerra al lado de los enemigos del Emperador. Los ánimos se caldean y el diálogo casi acaba en un cruce de insultos cuando el Arcediano acusa a las tropas imperiales de herejes e infieles a lo que Lactancio responde duramente a una de las más clásicas críticas al sacco de Roma y que se ha perpetuado en la historiografía tradicional: la acusación de que algunas tropas enviadas por el hermano del Emperador habían abrazado la causa luterana. Lactancio se limita a negar esta crítica sosteniendo que quien enviaba las tropas alemanas al Emperador era su hermano, Fernando, conocido no precisamente por su cariño a los protestantes, por lo menos durante estos años; cansado ya de la discusión el alter ego de Valdés recurre a un infantil “tú más” subrayando por enésima vez la profunda corrupción espiritual existente en Roma... pero mejor cedamos el testigo al colorido de sus declaraciones: “¿qué más infieles que vosotros? ¿Dónde se hallaron más vicios, ni aun tantos, ni tan públicos, ni tan sin castigo como en aquella corte romana? ¿Quién nunca hizo tantas crueldades y abominaciones como el ejército del Papa en tierras de coloneses?”, etcétera, etcétera,... La conversación se alarga y el Arcediano claudica ante la veracidad de los argumentos de Lactancio dándose por satisfecho (“Ya no me queda qué replicar...Yo os confieso que en ello estaba muy engañado.”) y planteando un nuevo interrogante al que se dará respuesta en la segunda parte del Diálogo: ¿por qué Dios ha permitido el saqueo de la capital de la Cristiandad y mil tropelías más contra los miembros de la Iglesia?
Tras sostener la inocencia del Emperador, dar a conocer la versión imperial de los prolegómenos que condujeron al sacco de Roma y neutralizar las críticas de sus enemigos puestas en boca del Arcediano, Valdés-Lactancio dedica la segunda parte del Diálogo… a hacer ver en los críticos al Emperador –identificados con las palabras del Arcediano- que lo sucedido debe ser visto como un castigo divino por la clamorosa corrupción del clero y de la corte papal así como un advertencia para que reformaran sus costumbres. En esta parte de la obra, Valdés se dedica en primer lugar a exponer la serie de pecados y vicios presentes en los miembros de la Iglesia. Para ello se sirve de muchas de las críticas de Erasmo a la Iglesia, por ejemplo, las contenidas en Elogio de la locura; así pasa nómina al olvido del modelo de Cristo, la obsesión por el dinero y el poder, amancebamiento de los sacerdotes, la simonía, la influencia corruptora derivada del exceso de las fiestas, reliquias, etcétera.
La segunda parte principia por el reconocimiento del arcediano de la corrupción de la corte papal ante las acusaciones de Lactancio: “aquella ciudad (que, de razón, debería de ser ejemplo de virtudes a todo el mundo) tan llena de vicios, de tráfagos, de engaños… aquel vender de oficios, de beneficios, de bulas, de indulgencias…”. La descripción, de la que tenemos que sustraer la inevitable exageración propia de los objetivos de la obra, no reflejaba otra cosa que una realidad donde lo mundano se había impuesto a lo espiritual y donde el dinero se había erguido en el centro de todas las aspiraciones.
Desde la crítica a la obsesión por el dinero y a la venta de cargos y perdones (simonía), Valdés-Lactancio introduce una nueva crítica –la ruptura de los votos de castidad de los sacerdotes (“muchos clérigos hay que no se injurian de tener hijos”)- en la que abundará más tarde pues aprovecha el tema de la paternidad para volver a un recurso empleado ya en la primera parte: el símil del padre loco o degenerado (Papa) al que sus hijos (cristianos) se ven en la obligación de enmendar.
Líneas más adelante Valdés-Lactancio expone que Dios, ante la deriva moral de la Iglesia, envió dos avisos: el primero de ellos fue en la persona de Erasmo de Rotterdam “excelente varón… que con mucha elocuencia… descubriendo los vicios y engaños de la corte romana… para que los que tan mal en ella vivían se enmendasen…” y dado que las críticas del pensador holandés cayeron en saco roto, Dios envío el segundo aviso, totalmente diferente al anterior (adviértase de nuevo la constante antítesis), en el agustino alemán Martín Lutero cuyas advertencias también fueron ignoradas por una Iglesia que inmersa en sus vicios y depravaciones se habría visto incapaz de detener la extensión de la herejía y que “Alemania quedase… fuera de vuestra obediencia”. El Arcediano responde que la solución al luteranismo pasa una vieja fórmula invocada por la quinta de reformista de Valdés: la convocatoria de un Concilio.
Tras una disquisición de Lactancio sobre como el dinero ha corrompido a la Iglesia (“veo que de la mayor parte de sus ministros ninguna cosa santa ni profana podemos alcanzar sino por dineros… no tañerán las campanas sino por dineros, no os enterraran en la iglesia sino por dineros…”), los dos amigos abordan la corruptora influencia del exceso de días de fiesta pues menos honrar al santo de turno, se emplea en vicios y diversiones (“Si un hombre se emborracha, o juega todo el día a los naipes o a los dados, o anda envuelto en murmuraciones, o en mujeres…”) y perjudica a “los desventurados de oficiales y labradores y pobres hombres” quienes se ven obligados a perder un día de trabajo, y con ello parte de su jornal [3].
Desde la crítica al exceso de fiestas los dos amigos pasan a discutir la frecuente ruptura del voto de castidad por muchos sacerdotes. Lactancio se muestra partidario de que los sacerdotes se casen pues “¿No parece peor que estén amancebados y pierdan en ello mucha autoridad?”. De propina, Valdés acusa por medio de Lactancio a los sacerdotes de “toman las órdenes más por avaricia que por amor a Dios” para a continuación mostrar por las cínicas declaraciones del Arcediano una fuerte crítica hacia una vacua religiosidad exterior, propia de personas que predican con la palabra y no con el ejemplo: “Yo rezo mis horas y me confieso a Dios cuando me acuesto y cuando me levanto, no tomo a nadie lo suyo… ayuno todos los días… no se me pasa día que no oigo misa ¿No os parece que basta esto para ser cristiano?”. Esta exposición lleva a Lactancio a concluir que ignoradas las advertencias de Dios para que reformaran sus malas costumbres y continuando éstas, Dios se vio forzado a permitir “los soldados que saquearon a Roma con don Hugo y los coloneses hicieses aquel insulto que os solían tener…” esperando que de una vez por todas el Papado acabase con los vicios y las corruptelas espirituales.
La conversación entre Lactancio y el Arcediano entra en una nueva fase: la crítica a las reliquias. Pero antes de entrar en dichas discusiones, el Arcediano, ante la petición de su amigo procede a relatar los pormenores del asedio y saqueo de la capital papal. Las anteriores argumentos de Lactancio acerca de las verdaderas intenciones del Emperador han convencido al Arcediano quien llega a afirmar hablando de la muerte del duque de Borbón: “no venía a conquistarnos, sino a defendernos de su mismo ejército; no venía a saquearnos, sin a guardar que no fuésemos saqueados”. Una vez más las atinadas preguntas de Lactancio extraen la verdad de lo ocurrido fuera de fabulaciones y exageraciones destinadas a dañar la reputación del Emperador en Europa; a modo de muestra: “Y de los vuestros, ¿cuántos murieron? –Pregunta Lactancio-; “Ya sabéis vos cómo siempre suelen en caso semejante añadir. Quieren decir que seis mil hombres, pero, a la verdad, no pasaron de cuatro mil…”. Las preguntas de Lactancio y consecuentes respuestas del Arcediano sobre el asedio buscan también mostrar la intervención divina en el saqueo, por ejemplo: “Lactancio: De una cosa me maravillo: que teniendo los de dentro artillería y los de fuera ninguna, pudiesen así ligeramente entrar.; Arcediano: Verdaderamente fue una cosa maravillosa.”. Las inocentes explicaciones del Arcediano sobre aquel fatídico día también dejan en entredicho la autoridad del Papa –“En su palacio sin ningún temor, tan seguro, que faltó muy poco que no fuese tomado”- a quien se le responsabiliza de que el saqueo no finalizará: “El pobre pueblo romano, viendo a la clara su destrucción, quiso enviar embajadores al ejército del emperador… pero nunca el Papa se lo quiso permitir”.
Más adelante, y siguiendo con su estrategia de mostrar las imágenes más cruentas del asedio (“¡Vierais venir por aquellas calles las manadas de soldados dando voces! Unos llevaban a la pobre gente presa; otros ropa, oro, plata”) para cargar mayor crítica al responsable del sacco, esto es, el Papa, Valdés-Lactancio hacen un inciso en medio de tanta muerte y destrucción para mostrar la doble moral de muchos clérigos: “¿cuál tenéis por mayor pecado: una simple fornicación o comer carne el Viernes Santo?”. La conversación sigue con acusaciones mutuas: a las críticas del Arcediano con respecto a los desmanes de los soldados imperiales, Lactancio se escuda en el comportamiento aun peor de los cardenales y sacerdotes (“¿Y no es mayor irrisión de la dignidad que el cardenal tome el capelo y haga obras peores que de soldado…?”), etcétera, etcétera,.. Poco después, en la discusión entre los dos amigos, el “caballero mancebo” crítica las rentas eclesiásticas “porque ha muchos años que todo el dinero de la cristiandad se iba y consumía en Roma… ahora tomado los soldados, como labradores, para sembrarlo por toda la tierra” e igualmente, ante las diatribas del Arcediano acerca de la destrucción de bellas iglesias y el robo de ornamentos sagrados, responde calificándolas de chucherías supersticiosas con las que los hombres esperan alcanza a la manera pagana el favor de los dioses amén de un ejemplo más de una vacía religiosidad externa y que mejor sería emplear el dinero que se emplea en estos gastos suntuarios en socorrer a los pobres y desfavorecidos (“¿Cuál será mayor maldad y abominación: hacer establo de estos templos de piedra…o hacerlo de nuestras ánimas, que son verdaderos templos de Dios?”). En punto de esta conversación, el Arcediano muestra su exasperación ante la irreductibilidad de los argumentos de su amigo, ocasión que aprovecha Valdés para presentar un esbozo de la idea imperial de Carlos V, en palabras de Lactancio: “Querría dejar en él lo bueno y quitar de él todo lo malo”.
La profanación de los cementerios de las Iglesias por el Arcediano (“Pues allende de esto había tan gran hedor en las iglesias que no había quien pudiese entrar en ellas”) da pie a Lactancio para retomar la crítica erasmiana a las reliquias. Su larga crítica desdeña los argumentos teológicos y hace dudar al lector de la validez de dichas reliquias pues la gran mayoría son burdas falsificaciones: “El prepucio de Nuestro Señor yo lo he visto en Roma y en Burgos,… y la cabeza de San Juan Bautista, en Roma y en Amians de Francia”. Con la crítica a las reliquias nuestro autor persigue el abandono de estas formas de la religiosidad exterior que tanto desprecia y las desecha como medios para alcanzar la salvación (“¿Pensáis vos que sin guardar los mandamientos de Dios iréis a Paraíso aunque tengáis un brazo de santo o un pedazo de la cruz…?”). Por ello nuestro autor admite como único camino “el que mostró Jesucristo: amarlo a él sobre todas las cosas y poner a él sólo toda vuestra esperanza”. Lactancio amplía en líneas posteriores sus críticas a la religiosidad popular basada en factores externos como el culto a los santos (“En lugar de dios Marte, han sucedido Santiago y San Jorge…”) o la celebración de fiestas religiosas (“El que quiera honrar un santo, debería trabajar de seguir sus santas virtudes, y ahora, en lugar de esto, corremos toros en su día,... y si no los matamos, hemos miedo que nos apedreará las viñas”).
Finalmente, y por segunda vez en el día, el Arcediano acepta los argumentos de Lactancio quien “parece haber echado de mí una pestífera niebla de abominable ceguedad y cobrado la vista de los ojos de mi entendimiento”. Las últimas líneas del diálogo están dedicadas a la narración por parte del Arcediano del final del saqueo y a la rendición del Papa a las tropas imperiales, narración que es aprovechada una vez más por Valdés para señalar el descrédito y corrupción del Papa Clemente VII y su corte confrontándolo con la religiosidad y pureza del Emperador, habiendo hecho reconocer al Arcediano que “si él [Carlos V] de esta vez reforma la Iglesia, pues todos ya conocen cuánto es menester, allende del servicio que hará a Dios, alcanzará en este mundo la mayor fama y gloria que nunca príncipe alcanzó, y dirase hasta la fin del mundo que Jesucristo formó la Iglesia y el emperador Carlos V la restauró”. En suma, todo un panegírico de Valdés hacia su patrón, el Emperador, así como un esbozo más del proyecto imperial de Carlos V, cuando menos en su primera etapa, basado en la esperanza de reconciliar la Cristiandad mediante la negociación o la convocatoria de un Concilio y en el convencimiento de que la Iglesia debe proceder a una seria reforma de sus costumbres siguiendo el precedente marcado por la iniciada años atrás por los Reyes Católicos en España y que servirá para reducir el conato herético.
- Valoración y juicio personal
La obra de Alfonso de Valdés deviene hoy en día desde la perspectiva histórica en un hito fundamental para poder comprender en la evolución del panorama intelectual español en el 500 y que perecería sepultado bajo el ánimo de Trento –por la parte del influjo erasmista- así como para profundizar en la política exterior de la monarquía hispánica en el reinado carolino en la que encontramos las raíces de, por una parte, la formulación teórica de la política imperial (siempre a medio camino entre la herencia medieval y el ánimo de modernidad), y por otra, la fijación de unos enemigos y de unos objetivos que pesaran en el ánimo estratégico de los sucesores de Carlos V. Asimismo el análisis del Diálogo y de la trayectoria de Valdés nos hablan del fortalecimiento de una opinión pública que empieza a pesar en el ánimo de los gobernantes y el desarrollo de un aparato propagandístico eficaz que controle y contrarreste estos nuevos agentes en el tablero. El formato elegido, el diálogo, hace amena la obra y sobre todo accesible lo que en su tiempo ayudaría a su difusión. El estilo es vibrante y Valdés logra trasmitir al lector la viveza de las emociones e impresiones de los protagonistas, si bien la excesiva extensión de algunos parlamentos junto con la constante repetición de ideas –algo por otra parte propio de una conversación- hacen algo pesada la lectura. Estos inconvenientes quedan disimulados por el inteligente argumento y las interesantes propuestas aquí contenidas que hacen comprender al lector poco avezado en estas lindes que la España del siglo XVI no sólo se redujo a la leyenda negra de frailes inquisitoriales, autos de fe y oscura intelectualidad. En resumen, una obra clave para quien quiera profundizar en el apasionante y controvertido reinado de Carlos V.
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[1] FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M.: “La España del emperador Carlos V” en Historia de España, tomo XX, Madrid: Espasa-Calpe, 1982, pp. 391-438.
[2] “ESPASA”: Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana, t. XVIII, Barcelona: Hijos de J. Espasa, Editores, s.a., pp. 827-828, entrada “Diálogo”.
[3] La crítica al exceso de fiestas religiosas en España y sus consecuencias económicas (pérdida de productividad, la promoción de la holgazanería y la ociosidad,…) sería retomada en el siglo XVII por diferentes arbitristas españoles como Fernández de Navarrete o Sancho de Moncada. Véase CASTILLA SOTO, J.: “La otra cara de la fiesta: algunas de sus posibles repercusiones económicas” en Espacio, Tiempo y Forma, 1997, pp. 99-118.
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***La presente recensión fue realizada en el marco de la asignatura "Historia Moderna de España: 1480-1665" en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Espero que os sea útil y recordad, citad siempre la fuente***
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[1] FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M.: “La España del emperador Carlos V” en Historia de España, tomo XX, Madrid: Espasa-Calpe, 1982, pp. 391-438.
[2] “ESPASA”: Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana, t. XVIII, Barcelona: Hijos de J. Espasa, Editores, s.a., pp. 827-828, entrada “Diálogo”.
[3] La crítica al exceso de fiestas religiosas en España y sus consecuencias económicas (pérdida de productividad, la promoción de la holgazanería y la ociosidad,…) sería retomada en el siglo XVII por diferentes arbitristas españoles como Fernández de Navarrete o Sancho de Moncada. Véase CASTILLA SOTO, J.: “La otra cara de la fiesta: algunas de sus posibles repercusiones económicas” en Espacio, Tiempo y Forma, 1997, pp. 99-118.
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***La presente recensión fue realizada en el marco de la asignatura "Historia Moderna de España: 1480-1665" en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Espero que os sea útil y recordad, citad siempre la fuente***
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