lunes, 11 de marzo de 2013

Recensión Alfonso de Valdés: "Diálogo de las cosas acaecidas en Roma"

Alfonso de VALDÉS. DIALOGO DE LAS COSAS ACAECIDAS EN ROMA

- Breve reseña del autor destacando su papel histórico y su obra literaria 

Nacido en el seno de una familia noble con ascendencia conversa –estigma que le perseguirá a él y varios de sus familiares a lo largo de su vida-, Alfonso o Alonso de Valdés (Cuenca, 1490-Viena, 1532) fue unos de los más significados representantes de la corriente erasmista en España. Su padre, de origen asturiano, fue regidor perpetuo y procurador en Cortés de Cuenca. Desde joven, Valdés había entrado en contacto con las corrientes humanísticas siendo introducido en los estudios literarios por el historiógrafo real Pedro Martír de Anglería, si bien no parece que llegara a recibir una formación universitaria. Introducido en la corte imperial como segundón de una noble familia, entrara a formar parte del personal subalterno de la Cancillería. Su carrera va a ser meteórica. De simple escribano en 1521, en 1525 es nombrado por el emperador secretario de cartas latinas. A partir de entonces redactaría importantes documentos oficiales relacionados con la política exterior carolina; a modo de muestra, Investidura é infeudación del ducado de Milán (1524); Relación de las nuevas de Italia... (1529); la carta del emperador a Jacobo Salviati (1527) sincerándose del asalto y saqueo de Roma; la carta al rey de Inglaterra sobre lo mismo, y la Liga Clementina; la respuesta al desafío al emperador de los reyes de Inglaterra y Francia (1528); el Tratado de paz con Clemente VIII en Barcelona (1529); etcétera. Desde 1520, Valdés acompaña a la Corte por Europa, encontrándose en Alemania cuando estalla la Reforma por la que parece sentir escasa simpatía. A lo largo de su carrera se esforzará por evitar la ruptura espiritual cristiana, uniendo a la idea imperial el sueño de una reforma religiosa inspirada en Erasmo. En esta línea entablará conversaciones con el humanista protestante Melanchton durante la Dieta de Augsburgo. Valdés no llegará a ver materializado sus esperanzas de un concilio general como solución al conflicto protestante, pues muere en Viena de peste a los cuarenta y dos años de edad. 

Respecto a su actividad como literato, Valdés, en el marco del saco de Roma de 1527, escribirá el Diálogo entre Lactancio y un Arcediano, más conocido por el Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, obra que analizaremos detenidamente más adelante. En su segunda gran obra, Diálogo de Mercurio y Carón (1529), Valdés justifica a Carlos V frente a sus rivales, Francisco I, Enrique VIII y al propio Papa. Más allá del trasfondo político, el verdadero interés de la obra radica en la crítica que hace de la sociedad de la época, acorde con los planteamientos erasmistas. El dialogo es protagonizado el barquero Carón y el mensajero de los dioses, Mercurio. 

- Lectura y comentario del libro
VALDÉS, Alfonso de: Diálogo de las cosas acaecidas en Roma; edición de Rosa Navarro Durán, Madrid: Cátedra, 1994. 
Junto a musulmanes y protestantes, Francia se yergue como uno de los principales enemigos a las aspiraciones imperiales de Carlos V de Alemania y I de España. El enfrentamiento entre las dos potencias, que contaba con una larga tradición iniciada con los RR.CC. y las guerras en Italia, vuelve a estar presente prácticamente desde los primeros momentos del reinado carolino sumándose a los intereses político-estratégicos la rivalidad personal entre Francisco I y el monarca Habsburgo. 1521 marcará el estallido de la primera de las cuatro guerras entre ambos monarcas. La invasión francesa de Flandes y de Navarra desencadenó los acontecimientos. La suerte le será favorable a las armas imperiales que vencieron reiteradamente a Francisco I en tierras italianas. Entre otros hitos de estas batallas se cuentan la recuperación del estratégico ducado de Milán y el ascenso al solio del antiguo preceptor del emperador, Adriano de Utrech. El fallido intento francés por recuperar Milán acabó en desastre y con el monarca galo camino de Madrid tras caer prisionero en batalla. Francisco I se avino a la paz, pero rápidamente, al poco de ser liberado, formó una coalición anticarolina conocida como Liga de Cognac o Clementina, integrada además de por Francia e Inglaterra, por distintos estados italianos, incluido los pontificios de Clemente VII. Seguramente la piedra angular de esta confrontación fue el llamado Sacco de Roma, saqueo de la Ciudad Eterna protagonizado por tropas imperiales, la mayoría alemanas, al mando del condestable de Borbón, las cuales, ante el retraso en sus pagas, se entregaron al pillaje con desenfreno, tras la muerte del Condestable. Meses antes, la ciudad papal también había sufrido un primer pillaje a manos de las tropas españolas e italianas dirigidas por Hugo de Moncada. El Papa, refugiado apresuradamente en el Castillo de Sant-Angelo, se vio forzado a claudicar. 

El impacto del sacco de Roma repercutió en toda la Cristiandad. Nunca antes la Ciudad Eterna había sufrido tanto. Había quedado desolada. De sus 50.000 habitantes antes del Sacco, se calculaba que una cuarta parte de la población había muerto, mientras que otra gran parte había huido de la ciudad buscando salvar su vida. Numerosas viviendas y edificios públicos habían sido destruidos o incendiados. Las iglesias, cementerios y reliquias habían quedado profanados. Los daños materiales se cifraban en unos diez millones de ducados, cantidad elevadísima en aquella época. Un castellano, testigo de los hechos, consideró que Roma tardaría siglos en recuperar su perdido esplendor. Para encontrar un suceso similar habríamos de retrotraernos a las invasiones bárbaras, siglos antes y ejecutadas por paganos; pero en este momento los contemporáneos se encontraron con que la capital de la Cristiandad había sido cruelmente destrozada y humillada por las fuerzas de aquel que intitulaba defensor de la Cristiandad. Ello explica la enorme conmoción de la opinión pública. Los relatos de los cronistas coetáneos dan buena cuenta de ello. Incluso el propio Carlos V mostró públicamente su pesar por lo sucedido: “Sobrado pesar y tristeza –dice el cronista Santa Cruz- tomó el Emperador con aquella nueva en que por manos de su ejército hubiera sido la santa ciudad de Roma saqueada y su muy fiel amigo el duque de Borbón muerto”. Sin embargo, no todas fueron reacciones desfavorables al acontecimiento; así, Fernando, hermano del Emperador, veía en el Sacco de Roma algo muy favorable a los intereses imperiales. Otros consideraban que el sacco de Roma era la materialización de la justicia divina que castigaba así los pecados de Roma y achacaban parte de la responsabilidad de los hechos al pontífice. 

Pronto veremos sus consecuencias en un recrudecimiento de la guerra. El frustrado intento de Francisco I de aprovechar el clima antimperial existente tras el saqueo de Roma se tradujo en la conquista de Génova. Sin embargo, el éxito de esta campaña se vio empañado por la defección de Doria al bando imperial lo que empujaría a Francia a buscar la paz. Igualmente la necesidad de aprovechar, explicar o criticar este acontecimiento generó una propaganda a favor y en contra del emperador. He aquí los prolegómenos a la redacción del Dialogo de Lactancio y un Arcediano, obra objeto de nuestro estudio también conocida como Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, y que tendría un digno sucesor, si bien incorporando las últimas novedades, en el segundo dialogo de nuestro autor, Diálogo de Mercurio y Carón. Dichas obras cobran protagonismo dentro de la publicística imperial que pretendió dar una versión propia de lo ocurrido. A los diálogos de Alfonso de Valdés se unen distintas cartas escritas a soberanos europeos, entre ellos Enrique VIII de Inglaterra y Francisco I de Francia, escritas igualmente por el funcionario conquense. Dada esta actuación junto con su condición de humanista, con frecuencia al servicio de los poderosos tanto laicos como eclesiásticos y su fidelidad a quien debe el prestigiado cargo que ocupa, no cabe sino considerar a Alfonso de Valdés una pieza clave de la propaganda imperial organizada en torno al canciller Gattinara. Actuaciones posteriores nos refuerzan esta impresión. Así, poco después, encontramos su nombre como autor de la respuesta al desafío de los reyes de Inglaterra y Francia al Emperador (1528); el Tratado de Paz con Clemente VIII en Barcelona (1529); etcétera. Para concluir esta afirmación encontramos a Alfonso de Valdés relacionado con la redacción de unos escritos y justificaciones enviados a Margarita de Saboya, gobernadora de los Países Bajos, con el encargo de que los difunda por Inglaterra esperando una opinión pública proclive a la paz, o siendo muy optimistas, una rebelión contra el gobierno del cardenal Wolsey; pero mejor cedamos el protagonismo al colorido de un testimonio de una época. Según la carta de Carlos V a su tía estos escritos de propaganda “que ahora enviamos, a fin de que los buenos ingleses vean que se nos quiere hacer la guerra contra razón, y que el cardenal de Inglaterra es el culpable de todo, así como de querer hacer el divorcio entre el rey y la reina, mi buena tía,..” [1]. 

Una vez que hemos insertado el devenir intelectual de Alfonso de Valdés dentro del proyecto de propaganda imperial, la lectura del Diálogo nos permite superar la mera epidermis del libro para profundizar en los objetivos de su autor. 

El escritor conquense articula su obra en dos coordenadas: por un lado, exculpar al Emperador de lo sucedido (“Lo primero que haré será mostraros cómo el Emperador ninguna culpa tiene en lo que en Roma se ha hecho”); y por otra, hacer ver en el Papa el principal responsable interpretando el sacco de Roma como un castigo divino por los pecados de la Iglesia y una advertencia para que reformemos nuestras costumbres (“Y lo segundo, cómo todo lo que ha acaecido ha sido por manifiesto juicio de Dios, para castigar aquella ciudad, donde con grande ignominia de la religión cristiana reinaban todos los vicios que la malicia de los hombres podía inventar...”). Nuestro autor sale al paso de las críticas de la opinión pública por lo sucedido o “acaecido”: “no me maravillo de los falsos juicios que el vulgo hace sobre lo que nuevamente ha en Roma acaecido”. En el prólogo ataca inteligentemente a aquellos que utilizan el sacco de Roma como un arma arrojadiza contra Carlos V y su política exterior al identificarles como el “vulgo”, los “supersticiosos y fariseos”, “gentiles” o “gente bruta” afirmando que sus palabras no están hechas para sus ojos y si para los “verdaderos cristianos y amadores de Jesucristo” y “españoles”. El recurso a la antítesis, la oposición, el enfrentamiento entre dos partes,… será una constante en esta obra. Incluso la propia estructura de la obra se ve afectada; así los Diálogos… excluyendo al prólogo se articulan en un esqueleto bimembre, dos partes. Valdés aprovecha también el prólogo para delimitar el objetivo último de su obra que no es sino depurar responsabilidades de lo sucedido explicando correctamente los hechos alejándose de la primera y emotiva impresión tan propia del “vulgo, que está tan asido a las cosas visibles que casi tiene por burla las invisibles” –el texto abunda en expresiones similares- para finalmente exculpar a Carlos V (“la honra de este cristianísimo Rey y Emperador que Dios nos ha dado…”). En dicho texto Valdés se anticipa a las futuras y previsibles críticas a su obra –las más extremas, casi seguro acusaciones de herejía y connivencia con el protestantismo- al declamar a los lectores que “si alguna falta en este Diálogo hallares… no presuman de creer que en ella intervenga malicia, pues en todo me someto a la corrección y juicio de la santa Iglesia…”. Líneas más adelante, ya en la primera parte de la obra, Lactancio volverá a evitar la acusación de protestante al declarar que “ninguna cosa de lo que aquí se dijere se dice en perjuicio de la dignidad ni de la persona del Papa”. 

Por último, antes de entrar a analizar la obra, me gustaría hacer un breve inciso –no pretendo tampoco profundizar en veredas filológicas ajenas a nuestro cometido- para señalar el porqué de la elección del diálogo como formato de la obra. Primero, la elección del diálogo posiblemente responda a dos imperativos culturales presentes en Alfonso de Valdés. Por un lado, la corriente humanística en la que está inmerso Valdés le lleva a ver en el diálogo, género literario por el que sentían una gran predilección los antiguos (Platón, Luciano de Samosata, Cicerón,...) y que sería recuperado por el Renacimiento tras el paréntesis medieval, el recurso apropiado para expresar sus ideas en consonancia con los gustos culturales de la época. Otra influencia que pesó en la elección de una obra dialogada fue el ascendiente ejercido por su admirado maestro Erasmo y el ejemplo de sus Coloquios... Un segundo factor presente en la elección de una forma dialogado fue las ventajas que dicho género literario ofrecía a los propósitos del autor; el diálogo es la forma más apropiada para exponer impresiones muy diferentes y discutir ideas opuestas por medio de una conversación entre dos o más personajes. Asimismo el diálogo permite a los escritores –caso de Valdés y sus punzantes críticas hacia la Iglesia- exponer su opinión en boca de otros, evitando que se le acuse de defender esas ideas [2]. 

Con respecto a los personajes de dicha obra, son dos, polos opuestos en cuanto a carácter, que vuelven a presentar la antítesis tan del gusto de nuestro autor. Por un lado, encontramos a un tal Lactancio que como “caballero mancebo de la corte del Emperador” es el alter ego de Valdés, su voz literaria a través de las que expone su defensa de Carlos V y reparte las culpas a los verdaderos responsables, el Papa y la deriva moral de la Iglesia. Su compañero en el diálogo es el “Arcediano del Viso”, quien llega a Valladolid –ciudad en la que se encontraba la Corte- desde Roma, a donde había acudido a pleitear por unos beneficios eclesiásticos viéndose envuelto en el sacco de Roma y obligado a huir disfrazado de soldado tras perder todos sus bienes. El Arcediano representa un papel muy claro: el de miembro de una Iglesia corrupta contra los que tanto tronaba Erasmo. A lo largo de la obra conoceremos más de este personaje: veremos su corta piedad, reducida a formas exteriores de religiosidad, su ambición por acaparar nuevos beneficios eclesiásticos, su tácita aprobación hacia la simonía y el amancebamiento de sacerdotes, pecado en los que este eclesiástico deja traslucir que participa,.., etc. Vemos así en el Arcediano y en sus tremebundas narraciones del saqueo (violaciones, profanaciones, robos,…) –el único punto en el que se muestra locuaz (en la mayoría de sus intervenciones en el resto del Diálogo casi se limita a confirmar las acusaciones de Lactancio y a formularle los interrogantes precisos con cuya respuesta podrá defender a su Emperador)- una síntesis de todos aquellos críticos con el Emperador, piadosos por fuera y profundamente corrompidos por dentro. Sin embargo, no todo en el Arcediano nos conduce a la desesperanza. A lo largo del Diálogo vemos que si bien el Arcediano empieza con una actitud cínica –casi algo chulesca- acaba confirmando las críticas de Lactancio y aceptándolas significando con este cambio de actitud una luz de esperanza; la luz que moverá a hombres como Valdés a propugnar la defensa de una reforma moral de la Iglesia y a defender la celebración de un concilio que materialice estas expectativas y marque el fin de la desunión de los cristianos. Igualmente la amistad que une a dos personajes tan opuestos (“¿Es aquel el Arcediano del Viso, el mayor amigo que yo tenía en Roma?”) y que les permite llegar a un cierto consenso a través de una conversación educada y razonable y no mediante la fuerza de las armas no hace sino proyectar estas esperanzas de unión entre los cristianos-. 

Pasado el prólogo, Valdés introduce al lector en el meollo de su argumentación. Antes de introducirnos nosotros también, hay que tener en cuanta la profunda influencia erasmista que destilan muchas de las afirmaciones de Lactancio quien utiliza como recurso para salvaguarda la “honra” de su señor, Carlos V, muchas de las críticas del pensador de Rotterdam a la religiosidad exterior y a la decadencia moral y corrupción de los representantes de la Iglesia, si bien la inclusión de dichas críticas responde también al deseo de Valdés y de una parte de la sociedad europea de emprender una reforma espiritual que acabe con estas realidades que afean a la Iglesia y causan el desanimo entre los creyentes. Es por este aspecto por el que la obra de Valdés trasciende la frontera de una obra meramente propagandística, eso sí excelentemente planteada, para convertirse igualmente en el borrador de un proyecto de reforma religiosa que haga ver en los lectores la necesidad de acabar con la corrupción en la Iglesia y sus representantes. La argumentación del burócrata carolino se desarrolla en dos partes. 

En la primera parte del Diálogo...Valdés-Lactancio se esfuerza en rechazar cualquier tipo de responsabilidad del emperador en lo sucedido mientras intenta explicar las causas últimas que ocasionaron el saqueo (“Lo primero que haré será mostraros cómo el Emperador ninguna culpa tiene en lo que en Roma se ha hecho”). Una de las primeras críticas del Arcediano cuestiona el carácter cristianísimo que se arrogan los monarcas hispánicos pues esto ha devenido en pura hipocresía viendo lo sucedido en Roma: “¡Tantas iglesias, tantos monasterios, tantos hospitales, donde Dios solía ser servido y honrado, destruidos y profanados! ¡Tantos altares y aun la misma iglesia del Príncipe de los Apóstoles, ensangrentados! ¡Tantas reliquias robadas y con sacrílegas manos maltratadas!” Similares descripciones del saqueo aparecerán en otras líneas de esta obra constituyendo un fiel muestrario de las opiniones que corrían por Europa en aquellos momentos. Una vez más, el inteligente Valdés, en vez de minimizar o directamente negar estas imágenes de sangre y destrucción, las aprovecha a su favor en su argumentación. Casi puede decirse que Lactancio empuja a su amigo a recrearse en las descripciones de aquellos fatídicos días. Al trasladar con su obra la responsabilidad de lo ocurrido al Papado y los cristianos corruptos, cuanta más cruenta la escena, más se fortalecen sus argumentos en el imaginario intelectual y también popular. 

Una vez situada la escena, Valdés procede a sustentar su tesis (la negación de la responsabilidad del Emperador en el saqueo de Roma) por medio de varias ideas que desarrolla en la conversación entre Lactancio y el Arcediano. La primera y quizá más importante es la que achaca a la autoridad temporal del Papa parte de la responsabilidad de los hechos. Respondiendo a este propósito Lactancio pasa a definir con su amigo el Arcediano las funciones que conllevan los cargos del Emperador y del Papa (“qué oficio es del Papa y qué oficio es el del Emperador”) concluyendo, por un lado, que las primitivas responsabilidades del Papa (promover la paz y el amor entre cristianos principalmente) se han visto subvertidas por los excesos cometidos en el ejercicio de su autoridad temporal; y por otro lado, que el saqueo de la capital de la cristiandad respondía a la defensa de sus súbditos por el Emperador, quien al contrario del Papa si cumple con las obligaciones inherentes al cargo lo que le exime de cualquier crítica, al contrario de Clemente VII quien ha confundido su autoridad espiritual con la temporal atentando contra sus verdaderas funciones al promover mediante su participación en la Liga de Cognac la guerra y el odio entre cristianos (“¿y eso hacia el Papa como vicario de Cristo como Julio de Medicis?”). Líneas más adelante prosigue su argumentación pasando a criticar la decadencia moral de los religiosos “perniciosos a toda la república cristiana con vuestro ejemplo”. La gravedad de sus pecados y vicios es, a juicio de Lactancio-Valdés, mucho peor que la de los laicos pues estos “no hacen profesión de Ministro de Dios,... ni tienen de comer por tales....”, es decir, viven a costa de su condición de sacerdote sin desempeñar adecuadamente sus tareas. Después, Valdés abandona momentáneamente la crítica a la deriva moral de la Iglesia y ofrece de boca de Lactancio la versión imperial de la ocupación de Milán y la expulsión de Francisco Sforza a quien se le acusa en el texto de traicionar a Carlos V, a quien había jurado fidelidad, y de entablar conversaciones con los enemigos del Emperador. En líneas posteriores Lactancio vuelve a criticar la autoridad temporal del Papa tras haber declarado el Arcediano que fue la defensa de sus territorios ante la amenaza del ejército imperial el que movió al Papa a coaligarse con Francia e Inglaterra contra el Emperador. Tras nuevas críticas a la Iglesia puestas en boca de Lactancio (“¿No sabéis que en toda la Cristiandad no hay tierras peor gobernadas que las de la Iglesia?”) que no buscan otra cosa que descalificar el derecho del Papa a otro gobierno –temporal- que no sea el derivado de su autoridad eclesiástica, el “caballero mancebo” desmiente que el Emperador diese la orden de atacar y saquear Roma para a continuación volver a incidir en la pérdida de autoridad temporal e incluso espiritual del Papa al promover y participar en guerras entre cristianos contradiciendo los propios principios de la Iglesia lo legitima la actuación del Emperador: “Pues si él con guerras quiere matar y destruir sus propios hijos, ¿no os parece que hace muy gran misericordia, así con él como con sus hijos, el que le quiere quitar el poder para que no lo pueda hacer?”. El resto de la primera parte del Diálogo... se consume entre mutuas acusaciones entre Lactancio y su amigo quienes vuelven a abundar en la cuestión en la responsabilidad del Sacco. A estas alturas los convincentes argumentos de Lactancio empiezan a hacer mella en la defensa del Arcediano cuyos argumentos pierden fuerza y traslucen una cierta desesperación pues el eclesiástico incluso trasluce una tacita aceptación del inculpabilidad del Emperador e intenta buscar más allá del Emperador y por supuesto del Papa un cabeza de turco al que se le pueda responsabilizar de la guerra que condujo a tan trágicos acontecimientos; así en esta última fase de la conversación se propone como responsables al colegio cardenalicios, a la traición de los coloneses, etc,... Sin embargo, Lactancio no se aviene ya a razones y se empecina en una sola idea: el saqueo de Roma por las tropas imperiales no se hubiera producido si el Papa no hubiese entrado en guerra al lado de los enemigos del Emperador. Los ánimos se caldean y el diálogo casi acaba en un cruce de insultos cuando el Arcediano acusa a las tropas imperiales de herejes e infieles a lo que Lactancio responde duramente a una de las más clásicas críticas al sacco de Roma y que se ha perpetuado en la historiografía tradicional: la acusación de que algunas tropas enviadas por el hermano del Emperador habían abrazado la causa luterana. Lactancio se limita a negar esta crítica sosteniendo que quien enviaba las tropas alemanas al Emperador era su hermano, Fernando, conocido no precisamente por su cariño a los protestantes, por lo menos durante estos años; cansado ya de la discusión el alter ego de Valdés recurre a un infantil “tú más” subrayando por enésima vez la profunda corrupción espiritual existente en Roma... pero mejor cedamos el testigo al colorido de sus declaraciones: “¿qué más infieles que vosotros? ¿Dónde se hallaron más vicios, ni aun tantos, ni tan públicos, ni tan sin castigo como en aquella corte romana? ¿Quién nunca hizo tantas crueldades y abominaciones como el ejército del Papa en tierras de coloneses?”, etcétera, etcétera,... La conversación se alarga y el Arcediano claudica ante la veracidad de los argumentos de Lactancio dándose por satisfecho (“Ya no me queda qué replicar...Yo os confieso que en ello estaba muy engañado.”) y planteando un nuevo interrogante al que se dará respuesta en la segunda parte del Diálogo: ¿por qué Dios ha permitido el saqueo de la capital de la Cristiandad y mil tropelías más contra los miembros de la Iglesia? 

Tras sostener la inocencia del Emperador, dar a conocer la versión imperial de los prolegómenos que condujeron al sacco de Roma y neutralizar las críticas de sus enemigos puestas en boca del Arcediano, Valdés-Lactancio dedica la segunda parte del Diálogo… a hacer ver en los críticos al Emperador –identificados con las palabras del Arcediano- que lo sucedido debe ser visto como un castigo divino por la clamorosa corrupción del clero y de la corte papal así como un advertencia para que reformaran sus costumbres. En esta parte de la obra, Valdés se dedica en primer lugar a exponer la serie de pecados y vicios presentes en los miembros de la Iglesia. Para ello se sirve de muchas de las críticas de Erasmo a la Iglesia, por ejemplo, las contenidas en Elogio de la locura; así pasa nómina al olvido del modelo de Cristo, la obsesión por el dinero y el poder, amancebamiento de los sacerdotes, la simonía, la influencia corruptora derivada del exceso de las fiestas, reliquias, etcétera. 

La segunda parte principia por el reconocimiento del arcediano de la corrupción de la corte papal ante las acusaciones de Lactancio: “aquella ciudad (que, de razón, debería de ser ejemplo de virtudes a todo el mundo) tan llena de vicios, de tráfagos, de engaños… aquel vender de oficios, de beneficios, de bulas, de indulgencias…”. La descripción, de la que tenemos que sustraer la inevitable exageración propia de los objetivos de la obra, no reflejaba otra cosa que una realidad donde lo mundano se había impuesto a lo espiritual y donde el dinero se había erguido en el centro de todas las aspiraciones. 

Desde la crítica a la obsesión por el dinero y a la venta de cargos y perdones (simonía), Valdés-Lactancio introduce una nueva crítica –la ruptura de los votos de castidad de los sacerdotes (“muchos clérigos hay que no se injurian de tener hijos”)- en la que abundará más tarde pues aprovecha el tema de la paternidad para volver a un recurso empleado ya en la primera parte: el símil del padre loco o degenerado (Papa) al que sus hijos (cristianos) se ven en la obligación de enmendar. 

Líneas más adelante Valdés-Lactancio expone que Dios, ante la deriva moral de la Iglesia, envió dos avisos: el primero de ellos fue en la persona de Erasmo de Rotterdam “excelente varón… que con mucha elocuencia… descubriendo los vicios y engaños de la corte romana… para que los que tan mal en ella vivían se enmendasen…” y dado que las críticas del pensador holandés cayeron en saco roto, Dios envío el segundo aviso, totalmente diferente al anterior (adviértase de nuevo la constante antítesis), en el agustino alemán Martín Lutero cuyas advertencias también fueron ignoradas por una Iglesia que inmersa en sus vicios y depravaciones se habría visto incapaz de detener la extensión de la herejía y que “Alemania quedase… fuera de vuestra obediencia”. El Arcediano responde que la solución al luteranismo pasa una vieja fórmula invocada por la quinta de reformista de Valdés: la convocatoria de un Concilio. 

Tras una disquisición de Lactancio sobre como el dinero ha corrompido a la Iglesia (“veo que de la mayor parte de sus ministros ninguna cosa santa ni profana podemos alcanzar sino por dineros… no tañerán las campanas sino por dineros, no os enterraran en la iglesia sino por dineros…”), los dos amigos abordan la corruptora influencia del exceso de días de fiesta pues menos honrar al santo de turno, se emplea en vicios y diversiones (“Si un hombre se emborracha, o juega todo el día a los naipes o a los dados, o anda envuelto en murmuraciones, o en mujeres…”) y perjudica a “los desventurados de oficiales y labradores y pobres hombres” quienes se ven obligados a perder un día de trabajo, y con ello parte de su jornal [3]. 

Desde la crítica al exceso de fiestas los dos amigos pasan a discutir la frecuente ruptura del voto de castidad por muchos sacerdotes. Lactancio se muestra partidario de que los sacerdotes se casen pues “¿No parece peor que estén amancebados y pierdan en ello mucha autoridad?”. De propina, Valdés acusa por medio de Lactancio a los sacerdotes de “toman las órdenes más por avaricia que por amor a Dios” para a continuación mostrar por las cínicas declaraciones del Arcediano una fuerte crítica hacia una vacua religiosidad exterior, propia de personas que predican con la palabra y no con el ejemplo: “Yo rezo mis horas y me confieso a Dios cuando me acuesto y cuando me levanto, no tomo a nadie lo suyo… ayuno todos los días… no se me pasa día que no oigo misa ¿No os parece que basta esto para ser cristiano?”. Esta exposición lleva a Lactancio a concluir que ignoradas las advertencias de Dios para que reformaran sus malas costumbres y continuando éstas, Dios se vio forzado a permitir “los soldados que saquearon a Roma con don Hugo y los coloneses hicieses aquel insulto que os solían tener…” esperando que de una vez por todas el Papado acabase con los vicios y las corruptelas espirituales. 

La conversación entre Lactancio y el Arcediano entra en una nueva fase: la crítica a las reliquias. Pero antes de entrar en dichas discusiones, el Arcediano, ante la petición de su amigo procede a relatar los pormenores del asedio y saqueo de la capital papal. Las anteriores argumentos de Lactancio acerca de las verdaderas intenciones del Emperador han convencido al Arcediano quien llega a afirmar hablando de la muerte del duque de Borbón: “no venía a conquistarnos, sino a defendernos de su mismo ejército; no venía a saquearnos, sin a guardar que no fuésemos saqueados”. Una vez más las atinadas preguntas de Lactancio extraen la verdad de lo ocurrido fuera de fabulaciones y exageraciones destinadas a dañar la reputación del Emperador en Europa; a modo de muestra: “Y de los vuestros, ¿cuántos murieron? –Pregunta Lactancio-; “Ya sabéis vos cómo siempre suelen en caso semejante añadir. Quieren decir que seis mil hombres, pero, a la verdad, no pasaron de cuatro mil…”. Las preguntas de Lactancio y consecuentes respuestas del Arcediano sobre el asedio buscan también mostrar la intervención divina en el saqueo, por ejemplo: “Lactancio: De una cosa me maravillo: que teniendo los de dentro artillería y los de fuera ninguna, pudiesen así ligeramente entrar.; Arcediano: Verdaderamente fue una cosa maravillosa.”. Las inocentes explicaciones del Arcediano sobre aquel fatídico día también dejan en entredicho la autoridad del Papa –“En su palacio sin ningún temor, tan seguro, que faltó muy poco que no fuese tomado”- a quien se le responsabiliza de que el saqueo no finalizará: “El pobre pueblo romano, viendo a la clara su destrucción, quiso enviar embajadores al ejército del emperador… pero nunca el Papa se lo quiso permitir”. 

Más adelante, y siguiendo con su estrategia de mostrar las imágenes más cruentas del asedio (“¡Vierais venir por aquellas calles las manadas de soldados dando voces! Unos llevaban a la pobre gente presa; otros ropa, oro, plata”) para cargar mayor crítica al responsable del sacco, esto es, el Papa, Valdés-Lactancio hacen un inciso en medio de tanta muerte y destrucción para mostrar la doble moral de muchos clérigos: “¿cuál tenéis por mayor pecado: una simple fornicación o comer carne el Viernes Santo?”. La conversación sigue con acusaciones mutuas: a las críticas del Arcediano con respecto a los desmanes de los soldados imperiales, Lactancio se escuda en el comportamiento aun peor de los cardenales y sacerdotes (“¿Y no es mayor irrisión de la dignidad que el cardenal tome el capelo y haga obras peores que de soldado…?”), etcétera, etcétera,.. Poco después, en la discusión entre los dos amigos, el “caballero mancebo” crítica las rentas eclesiásticas “porque ha muchos años que todo el dinero de la cristiandad se iba y consumía en Roma… ahora tomado los soldados, como labradores, para sembrarlo por toda la tierra” e igualmente, ante las diatribas del Arcediano acerca de la destrucción de bellas iglesias y el robo de ornamentos sagrados, responde calificándolas de chucherías supersticiosas con las que los hombres esperan alcanza a la manera pagana el favor de los dioses amén de un ejemplo más de una vacía religiosidad externa y que mejor sería emplear el dinero que se emplea en estos gastos suntuarios en socorrer a los pobres y desfavorecidos (“¿Cuál será mayor maldad y abominación: hacer establo de estos templos de piedra…o hacerlo de nuestras ánimas, que son verdaderos templos de Dios?”). En punto de esta conversación, el Arcediano muestra su exasperación ante la irreductibilidad de los argumentos de su amigo, ocasión que aprovecha Valdés para presentar un esbozo de la idea imperial de Carlos V, en palabras de Lactancio: “Querría dejar en él lo bueno y quitar de él todo lo malo”. 

La profanación de los cementerios de las Iglesias por el Arcediano (“Pues allende de esto había tan gran hedor en las iglesias que no había quien pudiese entrar en ellas”) da pie a Lactancio para retomar la crítica erasmiana a las reliquias. Su larga crítica desdeña los argumentos teológicos y hace dudar al lector de la validez de dichas reliquias pues la gran mayoría son burdas falsificaciones: “El prepucio de Nuestro Señor yo lo he visto en Roma y en Burgos,… y la cabeza de San Juan Bautista, en Roma y en Amians de Francia”. Con la crítica a las reliquias nuestro autor persigue el abandono de estas formas de la religiosidad exterior que tanto desprecia y las desecha como medios para alcanzar la salvación (“¿Pensáis vos que sin guardar los mandamientos de Dios iréis a Paraíso aunque tengáis un brazo de santo o un pedazo de la cruz…?”). Por ello nuestro autor admite como único camino “el que mostró Jesucristo: amarlo a él sobre todas las cosas y poner a él sólo toda vuestra esperanza”. Lactancio amplía en líneas posteriores sus críticas a la religiosidad popular basada en factores externos como el culto a los santos (“En lugar de dios Marte, han sucedido Santiago y San Jorge…”) o la celebración de fiestas religiosas (“El que quiera honrar un santo, debería trabajar de seguir sus santas virtudes, y ahora, en lugar de esto, corremos toros en su día,... y si no los matamos, hemos miedo que nos apedreará las viñas”). 

Finalmente, y por segunda vez en el día, el Arcediano acepta los argumentos de Lactancio quien “parece haber echado de mí una pestífera niebla de abominable ceguedad y cobrado la vista de los ojos de mi entendimiento”. Las últimas líneas del diálogo están dedicadas a la narración por parte del Arcediano del final del saqueo y a la rendición del Papa a las tropas imperiales, narración que es aprovechada una vez más por Valdés para señalar el descrédito y corrupción del Papa Clemente VII y su corte confrontándolo con la religiosidad y pureza del Emperador, habiendo hecho reconocer al Arcediano que “si él [Carlos V] de esta vez reforma la Iglesia, pues todos ya conocen cuánto es menester, allende del servicio que hará a Dios, alcanzará en este mundo la mayor fama y gloria que nunca príncipe alcanzó, y dirase hasta la fin del mundo que Jesucristo formó la Iglesia y el emperador Carlos V la restauró”. En suma, todo un panegírico de Valdés hacia su patrón, el Emperador, así como un esbozo más del proyecto imperial de Carlos V, cuando menos en su primera etapa, basado en la esperanza de reconciliar la Cristiandad mediante la negociación o la convocatoria de un Concilio y en el convencimiento de que la Iglesia debe proceder a una seria reforma de sus costumbres siguiendo el precedente marcado por la iniciada años atrás por los Reyes Católicos en España y que servirá para reducir el conato herético. 

- Valoración y juicio personal

La obra de Alfonso de Valdés deviene hoy en día desde la perspectiva histórica en un hito fundamental para poder comprender en la evolución del panorama intelectual español en el 500 y que perecería sepultado bajo el ánimo de Trento –por la parte del influjo erasmista- así como para profundizar en la política exterior de la monarquía hispánica en el reinado carolino en la que encontramos las raíces de, por una parte, la formulación teórica de la política imperial (siempre a medio camino entre la herencia medieval y el ánimo de modernidad), y por otra, la fijación de unos enemigos y de unos objetivos que pesaran en el ánimo estratégico de los sucesores de Carlos V. Asimismo el análisis del Diálogo y de la trayectoria de Valdés nos hablan del fortalecimiento de una opinión pública que empieza a pesar en el ánimo de los gobernantes y el desarrollo de un aparato propagandístico eficaz que controle y contrarreste estos nuevos agentes en el tablero. El formato elegido, el diálogo, hace amena la obra y sobre todo accesible lo que en su tiempo ayudaría a su difusión. El estilo es vibrante y Valdés logra trasmitir al lector la viveza de las emociones e impresiones de los protagonistas, si bien la excesiva extensión de algunos parlamentos junto con la constante repetición de ideas –algo por otra parte propio de una conversación- hacen algo pesada la lectura. Estos inconvenientes quedan disimulados por el inteligente argumento y las interesantes propuestas aquí contenidas que hacen comprender al lector poco avezado en estas lindes que la España del siglo XVI no sólo se redujo a la leyenda negra de frailes inquisitoriales, autos de fe y oscura intelectualidad. En resumen, una obra clave para quien quiera profundizar en el apasionante y controvertido reinado de Carlos V.

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[1] FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M.: “La España del emperador Carlos V” en Historia de España, tomo XX, Madrid: Espasa-Calpe, 1982, pp. 391-438.

[2] “ESPASA”: Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana, t. XVIII, Barcelona: Hijos de J. Espasa, Editores, s.a., pp. 827-828, entrada “Diálogo”.

[3] La crítica al exceso de fiestas religiosas en España y sus consecuencias económicas (pérdida de productividad, la promoción de la holgazanería y la ociosidad,…) sería retomada en el siglo XVII por diferentes arbitristas españoles como Fernández de Navarrete o Sancho de Moncada. Véase CASTILLA SOTO, J.: “La otra cara de la fiesta: algunas de sus posibles repercusiones económicas” en Espacio, Tiempo y Forma, 1997, pp. 99-118.

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***La presente recensión fue realizada en el marco de la asignatura "Historia Moderna de España: 1480-1665" en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Espero que os sea útil y recordad, citad siempre la fuente***

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